Tradición Oral Apostólica

Minientrada Razonando la Tradición: su lugar y su importancia 3.7

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3.7 Razonando la Tradición: su lugar y su importancia

Lugar

Cuando la Iglesia católica enseña que la Revelación divina nos llega a través de dos fuentes, la Sagrada Escritura (Biblia) y la Tradición, por esta segunda no se refiere a las distintas interpretaciones u opiniones de escuelas teológicas nacidas ya sea en los primeros tiempos o a lo largo de la historia eclesiástica. Se trata de la Tradición Apostólica, la que ya hemos definido. Esto, incluso, es de sentido común: toda nuestra fe se basa en la Tradición o transmisión que se remonta a los apóstoles. La misma Biblia es parte de esa Tradición. Los apóstoles no recibieron de Jesús ningún libro escrito y la mayoría de ello (todos los cuales recibieron el mandato de “ir y enseñar” por todo el mundo) no escribieron nada, solo predicaron; los primeros cristianos no tuvieron en los primeros años ningún escrito, comenzaron primero algunas cartas de los apóstoles, luego se pusieron por escrito algunos de los Evangelios, y todo esto incluso no llegaba a todos los cristianos; algunos conocían unos textos y desconocían otros, o sabían de su existencia (como sabían que los corintios o los efesios habían recibido cartas de San Pablo pero no tenían copias). Muchos cristianos vivieron, crecieron y murieron sin tener textos escritos; y muchos que podían entrar en contacto con ellos, no encontraban ninguna utilidad en los mismos por ser analfabetos y no poder leerlos. La doctrina cristiana se transmitió, pues, de modo oral, como Tradición (tradición, paradosis en griego, significa entrega, traspaso de una doctrina). Al poner por escrito, algunos de ellos o sus colaboradores (como Marcos respecto de la predicación de Pedro y Lucas de la de Pablo), la enseñanza oral y la transmisión no se frenó. Es más, como ya hemos aducido más de una vez, algunos de ellos, como Juan, se apuraron a decir que no estaban en esos escritos contenidos todos los hechos y dichos de Nuestro Señor, y que muchas de las verdades enseñadas por Jesús preferían ellos mismos transmitirlas oralmente (cf. 3 Juan 1: 13-14).

Los apóstoles confiaron ambas cosas, sus escritos (parte de la Biblia) y sus enseñanzas orales, a la Iglesia, es decir, a sus sucesores. Todo esto que fue confiado lo llamamos depósito de la fe o depósito sagrado, usando las expresiones de San Pablo (1 Timoteo 6: 20: “Timoteo, guarda el depósito”; 2 Timoteo 1: 12-14: Por este motivo estoy soportando estos sufrimientos; pero no me avergüenzo, porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe, y estoy convencido de que es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús.”). El Magisterio de la Iglesia, es decir, el oficio de magisterio o enseñanza, que desempeñan principalmente los sucesores de los apóstoles (y de modo especial el sucesor de Pedro) no está por encima de lo que ha sido transmitido sino que su función es conservar, enseñar (según el mandato de Cristo, que no se agotó en los apóstoles), custodiar y defender, e interpretar (como indica el mismo Pedro en 2 Pedro 1: 20-21). Este se articula por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo a quien escucha devotamente, lo guarda celosamente y lo explica fielmente.

Importancia

La negación de una tradición como fuente de autoridad divina y de su poder de interpretación autorizada de la palabra de Dios, ha llevado a sus negadores a interminables disputas y a la anarquía doctrinal, y, en algunos casos, a la negación de todo dogma.

Los escritos apostólicos y los libros que nosotros llamamos Antiguo Testamento circularon (junto a otros escritos, algunos atribuidos equivocadamente a algún apóstol, otros de algunos de los primeros Padres de la Iglesia) por separado casi durante los primeros cuatro siglos. Recién en el año 393 tenemos la más antigua –que con fundamento conozcamos– decisión oficial de la Iglesia católica (era la única que existía), sobre la lista de los libros canónicos, indicando que “al margen de las Escrituras canónicas no se transmita en la Iglesia ningún otro libro como si fuese parte de las Escrituras divinas”; y a continuación se da el catálogo completo de los Libros Sagrados. Pocos años más tarde, los obispos reunidos en el Concilio de Cartago (norte de África) reiteraron este mismo canon, es decir, determinaron –con la autoridad que ellos reconocían tener heredada de los apóstoles– cuáles escrituras eran Apostólicas y cuáles no. Para desesperación de algunos hermanos protestantes esto fue mucho después de Constantino. Y ¿Qué método utilizaron después de 300 años para definirlos? Pues la Tradición. Cada Obispo escudriñaba en la Tradición de su territorio si el libro presentado era enseñanza de los apóstoles o no, al final quedaron 27, que es lo que hoy se conoce como Nuevo Testamento.

Ni Jesús ni los apóstoles habían dejado ninguna lista de los libros inspirados por Dios; ni hacía falta, porque había dotado a su Iglesia del poder de discernir infaliblemente en este tema. Los obispos, pues, apelando a la Tradición de la Iglesia, definieron el canon de la Biblia (la lista o catálogo de los libros inspirados o canónicos). No queremos decir con esto “que la Iglesia haya decidido arbitrariamente en estos concilios cuáles libros son canónicos”, sino que, habiendo aceptado en forma pacífica durante casi 400 años el canon actual, por vez primera se vio en la necesidad de dejar constancia del mismo, prohibiendo la lectura en la Iglesia de otros escritos.

Por este motivo, quien duda de la Iglesia (de su autoridad sobre el canon de la Biblia) termina por dudar de la misma Biblia. San Agustín decía con razón: “no creería en el Evangelio si no fuera por la Iglesia”.

Ahora bien, el mundo no estuvo sin Biblia entera por casi 400 años, lo estuvo por más de 1500. La imprenta tiene menos de 500 años de inventada, la lógica indica que antes de la imprenta era muy difícil componer un libro, estos se hacían a mano, página por página. Los monjes (católicos también, ¡qué casualidad!)  Escribían página por página y oraban al mismo tiempo (como los escribas de Israel), tomaba más de 10 años componer una sola Biblia, los historiadores dicen que  en el siglo XIII una Biblia costaría una cantidad desorbitante para esos tiempos, casi nadie tenía Biblia, no porque estuvieran prohibidas, eso es un mito protestante y la prueba es que Lutero era profesor de Biblia cuando era monje católico y muchos reformadores que sin haber pertenecido al clero tenían dominio de ella; no tenían Biblias porque además de ser caras casi nadie sabía leer en esos tiempos, ni siquiera la mayoría de los nobles sabían, solo los  monasterios eran foco de conocimiento y aquí se estudiaba y se cuidaba.

En estos tiempos la palabra de Dios solo se conocía por la predicación, que era lo mandado por el Señor: “Predicar a toda criatura”. El pueblo de Dios lo aprendía por las estatuas, relieves y vitrales de las Iglesias, es por ello que a los grandes Templos se les llamaban “Biblias de Piedras”. El pueblo conocía los hechos bíblicos mirando lo representado en ellas gráficamente y así algo sabían, pues es para los analfabetos la imagen lo mismo que las letras para los cultos.

La imprenta surge en Alemania al mismo tiempo que la Reforma Protestante y Lutero imprime decenas de “Biblias” (Lutero era partidario de eliminar algunos libros del Nuevo Testamento) y predica su principio de la Sola Escritura, de aquí nacen decenas de controversias y divisiones en el naciente protestantismo que a los 10 años de su comienzo ya existía en más de 400 tendencias protestantes diferentes.

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Acerca de José Carlos Pando Valdés

Gracias por dedicar parte de su tiempo a la lectura apologética, tan ncesitada dentro de la Iglesia actual. Que Dios lo colme de Bendiciones.

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