Tradición Oral Apostólica

Minientrada Quién garantiza que lo que no está escrito sea cierto 3.4

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3.4 Quién garantiza que lo que no está escrito sea cierto

Para nosotros, los cristianos de las Iglesias Apostólicas, el garante de la verdad es el Espíritu Santo. Jesús prometió que no nos abandonaría y que dejaría al Espíritu Santo para velar por su Iglesia y para que las puertas del infierno no prevalecieran contra ella (Mateo 16: 18). No se estaba Jesús refiriendo a alguna Iglesia que aparecería siglos y siglos más tarde, sino que estaba hablando con su Iglesia, con los apóstoles y sus discípulos, a quienes dijo que “yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28: 20), no “estaré con los futuros cristianos a partir del siglo XVI” o algo por el estilo. Por eso nosotros, que creemos que Dios siempre cumple sus promesas, creemos que la protección del Espíritu Santo nos evita el error, y comparando nuestras doctrinas actuales con las doctrinas de la Iglesia Primitiva podemos ver que seguimos en la misma línea, lo que nos confirma con la práctica lo que ya creíamos en la teoría, que Dios cuida de su Iglesia y la preserva del error, incluso aunque esa Iglesia original viva hoy tristemente dividida en cuanto a su organización humana.

Ese mismo argumento, la supervisión del Espíritu Santo, es el que todas las iglesias protestantes utilizan para defender la idea de que la doctrina verdadera es la suya. Nosotros pensamos que el Espíritu vigila para que no erremos y conservemos siempre la verdad, cada denominación protestante piensa que el Espíritu les inspiró la verdad rechazando lo que había. Pero como cada uno puede creer lo que quiera, para demostrar quién de los dos tiene razón habría que observar los efectos de esa teoría: nosotros somos iglesias diversas que, bajo la protección del Espíritu Santo, hemos preservado la doctrina durante siglos y creemos en las mismas cosas. Los protestantes no hicieron más que nacer y ya estaban en ese entonces peleándose entre sí por diferencias doctrinales, esas divergencias doctrinales siguen separando sus iglesias incluso hasta el día de hoy, así que no podríamos ver allí ninguna protección del Espíritu Santo por ningún sitio. Para un observador externo, de preferencia atea, quien no creería en la influencia de la Tercera Persona de la Trinidad, al mirar por el lente del materialismo las realidades de la cristiandad votaría a lo seguro por la Iglesia que se ha mantenido a lo largo de los años firme en su ideología, para él tan solo por la Tradición. Pero para los que estamos seguros de la existencia de un Espíritu paráclito, encontramos ahí el responsable de lo que a muchos les parece milagroso: que comunidades humanas que han vivido durante siglos aisladas (las Iglesias Apostólicas) hayan mantenido la misma doctrina sin modificarla (modificando formas, normativas y leyes, pero no las creencias). Esto, en fin, sí que muestra y demuestra una acción divina protectora y verificable sin necesidad de suponer intervenciones divinas. Las disputas doctrinales entre protestantes, por otro lado, se deben a que siguen “tradiciones humanas”, y como los hombres son diversos y variables, así mismo lo son las doctrinas que ellos crean.

Y de todas maneras, esa Tradición Oral sí que está escrita. En los siglos I, II, III, IV (y siguientes) tenemos montones de textos escritos por teólogos, filósofos, obispos, sacerdotes, historiadores, etc. de la Iglesia católica (y otros) que recogen por escrito esa Tradición. La Didaché se escribe cuando el cristianismo aun estaba tomando forma, San Clemente escribe cuando San Juan aun está vivo y predicando, San Ignacio, San Ireneo, San Policarpo, San Justino escriben siendo ellos testigos directos o indirectos de las predicaciones de los mismísimos apóstoles, y después de ellos tenemos muchos textos más. Por eso sería difícil dar credibilidad a una memoria oral de 2 000 años de antigüedad, pero es que no hay que hacer ningún esfuerzo para creerse eso, basta con consultar los escritos de aquella época y comprobar que, efectivamente, esa Tradición es hoy en lo básico igual que en los primeros siglos.

Además, S. Vicente de Leríns nos heredó un razonamiento que de una vez para siempre invalida ese caballito de batalla de la supuesta falta de garantía de la Tradición, este criterio fija dónde y cómo reconocerla: en la universalidad, la antigüedad y la unanimidad: “Id teneamus quod ubique, quod semper, quod ab omnibus creditum est”. Criterio justo y acertado. No basta que la Iglesia entera crea una cosa para que pueda fundar una presencia válida de apostolicidad a no ser que sea completado por el de la antigüedad. En esa línea adquiere relieve la remisión no solo a los Concilios, sino a los grandes santos escritores, es decir, a los Padres. Ya en siglos anteriores se los ha invocado; a partir de los s. IV y V la remisión a ellos se hace más abundante. Así, en S. Atanasio, en la querella nestoriana, etc.. En el Concilio de Éfeso se comienzan las sesiones conciliares por la lectura de textos de los Santos Padres y Obispos. Los Padres, en una palabra, son considerados testigos de la Tradición como intermediarios de la transmisión de la verdad después de Cristo y los Apóstoles.

La Tradición, por consiguiente, no es otra cosa que la misma predicación apostólica recibida oralmente de los Apóstoles, conservada y transmitida en la Iglesia, antes y después de escritos los libros sagrados, por la predicación magisterial de los sucesores de los Apóstoles y por la fe de todos los pueblos que forman la Iglesia UNA y ÚNICA de Cristo. La Tradición es necesaria y suficiente para defender la fe frente a las herejías, para discernir los libros sagrados y para la recta interpretación de los mismos.

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Acerca de José Carlos Pando Valdés

Gracias por dedicar parte de su tiempo a la lectura apologética, tan ncesitada dentro de la Iglesia actual. Que Dios lo colme de Bendiciones.

2 Comments

  1. Gurevich

    😉

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