Autoridad, Biblia, Sola Escritura, Solas

Minientrada Puntualizando: la autoridad desde las Escrituras 2.4.2

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Este artículo pertenece a la serie: Sola Escritura: ¡No! Tradición: ¡Sí! para ir a la entrada principal (Índice) clic en el nombre de la misma.

“Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento. Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra. Y los levitas Jesúa, Bani, Serebías, Jamín, Acub, Sabetai, Hodías, Maasías, Kelita, Azarías, Jozabed, Hanán y Pelaía, hacían entender al pueblo la ley; y el pueblo estaba atento en su lugar. Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.” Neh 8: 5-8

El pueblo de Dios tenía intérpretes oficiales de las Escrituras entre los levitas mejor preparados. Estos levitas mejor preparados coincidían en sus criterios, y eran dirigidos en lo humano por el sumo sacerdote, y el mismo Dios los guiaba en su ministerio.

En el AT, cuando Dios estableció el Pacto con el pueblo de Israel, Él garantizó una autoridad viviente y continua con el sacerdocio de Moisés; este ministerio se conoce como la “catedra de Moisés”:

“Y he aquí, el sacerdote Amarías será el que os presida en todo asunto de Jehová, y Zebadías hijo de Ismael, príncipe de la casa de Judá, en todos los negocios del rey; también los levitas serán oficiales en presencia de vosotros. Esforzaos, pues, para hacerlo, y Jehová estará con el bueno.” 2 Corintios 19: 11

“Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos.” Malaquías 2: 7

¿Se habrá olvidado el señor de dejar una autoridad semejante en el nuevo pacto, y resulta mejor el antiguo pacto en este sentido?

El nuevo pacto se realizó con y en el sacrificio de Cristo en la cruz y el derramamiento de su sangre, sangre de la alianza nueva y eterna. Dios es respetuoso de sus mismas normas por regla general. Jesús, antes de iniciar el nuevo pacto, reconoce la autoridad de la “cátedra de Moisés” para enseñar, a cargo de los escribas y fariseos:

“Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen.” Mateo 23: 1-3

Esta cátedra (asiento) no era solamente una metáfora para hablar del poder. Verdaderamente había un asiento de piedra frente a la sinagoga donde el líder con la autoridad (generalmente un escriba) hacia juicios sobre asuntos doctrinales y legales. Como dice la Mishná Abote (comentario judío), los judíos entendían que la revelación que Moisés recibió de Dios fue transmitida por sucesión ininterrumpida desde Josué pasando por los ancianos, profetas y el Sanedrín.

“Porque Moisés desde tiempos antiguos tiene en cada ciudad quien lo predique en las sinagogas, donde es leído cada día de reposo.” Hechos 15: 21

Puesto que Jesús reconoció la autoridad del magisterio de los fariseos para interpretar las Sagradas Escrituras cuando hablaban “desde la cátedra”, los católicos reconocemos el magisterio de la Iglesia que habla, no más con la autoridad de Moisés, sino la de Jesús mismo.

El que a vosotros recibe, a mí me recibe” Mateo 10: 40

 “El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha” Lucas 10: 16

 “Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos.” Mateo 16: 19

   “Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte, para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” 1 Ti 3: 14, 15

“De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo.” Mateo 18: 18

Por medio de este don de Dios, se asegura que la fe recibida de Jesús será preservada. La analogía resulta muy clara, y uno de los hechos que a cualquier observador imparcial inquieta es la diversidad existente en interpretaciones “oficiales” dentro del protestantismo.

La palabra de Dios es Jesús, y también son bendiciones:

“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié. Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos; los montes y los collados levantarán canción delante de vosotros, y todos los árboles del campo darán palmadas de aplauso. En lugar de la zarza crecerá ciprés, y en lugar de la ortiga crecerá arrayán; y será a Jehová por nombre, por señal eterna que nunca será raída.” Isaías 55: 10-13

Jesús descendió del Cielo como la lluvia, y regresó a su trono celestial después de empapar con su sangre la tierra, de sembrar el Pan Eucarístico para nuestra fortificación después de salir del Padre. Regresó con la muerte y el demonio derrotados, tras descender al infierno y rescatar a los que murieron por Dios antes de que en Jesús revelara su Santo Nombre, por eso es que ante el nombre de Jesús se dobla toda rodilla, porque es el supremo vencedor. Cumplió todos los deseos del Padre que lo envió para nuestro rescate. Por su preciosa sangre, y en los infinitos méritos de su pasión y muerte somos rescatados de la esclavitud, y en su resurrección se nos abre la puerta de la vida eterna a nosotros, que por nuestros pecados estábamos perdidos, y que por la infinita misericordia de Dios somos rescatados al creer en el Santo Nombre de Jesús. Gracias a Él podemos llamar a Dios por su nombre: ¡Abba!

La Jerusalén que esperamos no está en la tierra, descenderá del cielo y moraremos en ella por toda la eternidad, aun los montes y los collados alabarán y cantarán a Dios junto con nosotros, pero: ¿dónde se encuentra el imponente ciprés que ha surgido de la pequeña y fragante zarza? El nombre del Señor, o la gloria de Él es, sin duda alguna Jesús, pero ¿cuál es la señal eterna que jamás desaparecerá?

En la Biblia hay mencionado un baluarte de la verdad, y una iglesia que no desaparecerá aunque la fuerzas del infierno se desencadenen contra ella. Esta es la señal que jamás desaparecerá, pero ¿Cuál es la iglesia del Señor? ¿Dónde quedan entonces las demás iglesias? ¿Jesús quiere desunión o un solo rebaño? ¿Por qué será que dice que hay ovejas en otros rebaños? ¿Será usted una oveja de Jesús? y ¿Está en el rebaño de Jesús, o eres oveja de Jesús y está en otro rebaño?

Nota: Lo relacionado con la supuesta iluminación, que reciben los fundadores y guías de las diversas iglesias “cristianas” para interpretar la Biblia, será tocado a lo largo de esta sección a modo de pinceladas, en diferentes oportunidades. Algo tan irrisorio no merita muchos párrafos y es refutado tan solo con una línea: el Espíritu Santo no inspira doctrinas contradictorias.

En resumen

Debemos aclarar que no es la intencionalidad de este artículo el que nuestros hermanos protestantes dejen de leer la Biblia; esta es una extraordinaria riqueza que ellos valoran mucho y que les hace mucho bien; y en muchos casos son un ejemplo para muchos católicos que no valoran la Palabra de Dios como debieran.

Si bien ellos poseen la verdadera Revelación, (aunque incompleta, desde nuestra perspectiva), esta la han heredado –históricamente hablando– de la Tradición Católica, y se las ha garantizado el Magisterio Católico. Es la Iglesia católica, en su Tradición y Magisterio de los primeros siglos, la que ha juntado, custodiado, preservado y discernido los libros con que hoy todos los cristianos (tanto apostólicos como no) alimentamos nuestras almas. Pero los principios por los cuales los protestantes creen que deben interpretar la Biblia sin magisterio alguno, los lleva a la destrucción del principio fundamental de su fe, no a preservarlo.

Las ventajas del razonamiento católico son dos: en primer lugar, la inspiración es estrictamente demostrada, no solo “sentida”. Segundo, el hecho principal que late detrás de este razonamiento -la existencia de una Iglesia infalible, docente- nos conduce como de la mano a dar una respuesta a la pregunta del eunuco etíope (Hechos 8: 31): ¿Cómo sabemos qué interpretaciones del texto son las correctas? La misma Iglesia columna y baluarte de la verdad (1 Timoteo 3: 15) que autentica la Biblia, que establece su inspiración, es la autoridad establecida por Jesucristo para interpretar su Palabra.

A nuestros hermanos católicos les pedimos que tengan en cuenta que no se ha de responder a los no católicos que ponen objeciones a partir de la Biblia sobre los temas que ellos quieren discutir (cosa que sí pueden hacer por caridad, pero que de seguro traerá muchas dificultades sin una buena preparación), sino llevarlos a la cuestión fundamental: que demuestren por qué usan la Biblia; si ellos no quieren ir a ese campo, habrá que recordar aquel aleccionador episodio de Nuestro Señor (Marcos 11: 27-33: traducción católica):

“Mientras (Jesús) paseaba por el Templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le dijeron: ‘¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?’.

Jesús les dijo: ‘Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme’.

Ellos discurrían entre sí: ‘Si decimos: Del cielo, nos dirá: Entonces, ¿por qué no le creísteis? Pero ¿vamos a decir acaso: De los hombres?” (tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta). Por tanto, respondieron a Jesús: “No sabemos”. Y Jesús entonces les dijo: “Entonces tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto”.

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Recuerda que: la garantía última de infalibilidad está en el Espíritu Santo. Ni siquiera un conocimiento exhaustivo de la Tradición apostólica podría asegurarnos al 100% que nuestra interpretación va a ser la verdadera. Es el Espíritu Santo quien vela por que la verdad no se desvirtúe, sino que se conserve y refine, y esa protección la efectúa a través no del individuo sino del Magisterio de la Iglesia, el cual es transmitido, defendido y aclarado por los obispos en comunión con el papa a través de herramientas como los dogmas y concilios, en los cuales el Espíritu actúa como garante. Por eso los padres de la Iglesia, teólogos etc. han interpretado las Escrituras en el marco de la Tradición, pero es cuando el Magisterio de la Iglesia las declara doctrina oficial cuando esas doctrinas quedan fijadas de forma indiscutible. Los fieles católicos, al contrario que los protestantes, no pueden sentarse a buscar doctrinas en la Biblia por su cuenta, pues por muchos conocimientos que tengan, tanto de la Biblia, de su contexto como de la Tradición, carecen de infalibilidad, por eso si necesitan aclarar algún significado tendrán que recurrir al Magisterio en lugar de analizar por su cuenta. Eso garantiza la veracidad y la unidad de la Iglesia. De ahí aquella famosa frase que aparecía en muchos catecismos divulgativos que ante dificultades doctrinales y misterios, la respuesta era que “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”. Un proceder que, admitámoslo, no encaja bien con el pensamiento reflexivo y democrático del hombre moderno, al que se valora por su búsqueda de la originalidad y riesgo, pero es que la verdad no puede ser un asunto de votación ni de moda ni de originalidad, la verdad solo es una, es universal y es inmutable, y está custodiada por el Magisterio y protegida por el Espíritu. Si un cristiano emprende una aventura individual, su único camino sería el de alejarse de esa verdad, tal como les ha ocurrido a los protestantes.
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Acerca de José Carlos Pando Valdés

Gracias por dedicar parte de su tiempo a la lectura apologética, tan ncesitada dentro de la Iglesia actual. Que Dios lo colme de Bendiciones.

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