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Minientrada Algunas de las consecuencias desastrosas de la Sola Escritura 2.5

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Mucho hemos dicho ya sobre las consecuencias desastrosas que sufrieron los protestantes en carne propia en base a su propio principio. Unos cuantos ejemplos adicionales y bien concretos bastarán:

      – Por la Sola Escritura se aprueba el divorcio y la poligamia:

A pesar de que en la Escritura se deja claro que “lo que Dios juntó, que no lo separe el hombre” (Mateo 19: 12) y que “y si se separa, quédese sin casar” (1 Corintios 7: 11), por medio de su interpretación de la Biblia los protestantes permitieron el divorcio.

Otro dislate ocurrió cuando Lutero llegó a autorizar la poligamia, permitiendo al príncipe Felipe Landgrave de Hese tener dos esposas al mismo tiempo (Abate Bergier, Diccionario Enciclopédico de Teología, Tomo VI, Imprenta Don Tomás Jordán, marzo 1833, pág. 286).  El príncipe, que era un gran benefactor del partido protestante y apoyo principal de la famosa liga de Smalcalde, pidió a Lutero y a otros reformadores que le fuese permitido tener dos mujeres. ¿Razón? había declarado simplemente que vivía en adulterio y no podía ni quería mudar de esposa, por lo cual pedía a Lutero, Melanchthon y a Bucero, que le fuese permitido casarse con una segunda mujer viviendo la primera. Después de una larga deliberación la respuesta a la poligamia se le declaró permitida al príncipe en una carta firmada por Martín Lutero, Felipe Melanton, Martín Bucero, Antonio Corvin, Juan Leningue, y muchos otros líderes de la reforma (R.P. Croiset, Paralelo de las costumbres de este siglo y de la moral de Jesu-Christo, Imprenta Real, Madrid 1789, pág. 164-165). El asunto que en su momento ocasionó la aparición de la Iglesia Anglicana y todas sus hijas por la firme posición católica, en manos protestantes terminó aceptándose sin mucho remiro.

       –  Guerra y masacre del campesinado en Alemania

Otro efecto catastrófico que trajo consigo el germen de la doctrina protestante fue la guerra del campesinado que culminó en la posterior masacre de unos 100 000 campesinos.  A partir del escrito de Lutero de 1520 titulado “La libertad cristiana” donde decía que el cristiano no estaba sujeto a ningún hombre, y declamaba contra todos los soberanos (Abate Bergier, Diccionario Enciclopédico de Teología, Tomo II, Imprenta Don Tomás Jordan, Noviembre 1831, Pág. 214), no faltó quien llevó su predicación al extremo y dado que al igual que Lutero se habían adjudicado el derecho de interpretar la Biblia por cuenta propia, comenzó a agarrar fuerza el movimiento anabaptista. A este respecto explica el historiador Joseph Lortz:

“… de la posición fundamental de la Reforma (= la Biblia como única fuente de la fe sin garantía de un magisterio) se llegó a sacar consecuencias radicales en abierta contradicción con los artículos esenciales de la nueva doctrina. El ímpetu incontenible de la consecuencia lógico-formal puso ya aquí de manifiesto su fuerza explosiva. Los representantes principales de esta línea fueron Thomas Müntzer, de gran formación filosófica y exegética († 1525), que actuó en Zwickau y Mühlhausen, y los anabaptistas de Münster de Westfalia (1534, Johann von Leyden). Con estos fanáticos entraron en juego las corrientes radicales. Sus funestas repercusiones se echaron de ver, por ejemplo, en la sublevación religioso-socialista de los campesinos (fuertemente impulsada por la predicación de Lutero sobre la libertad), que tan cruentamente fue aplastada.” Joseph Lortz, Historia de la Iglesia, Tomo II, Ediciones cristiandad.

Inclusive historiadores protestantes como Justo Gonzales reconocen que Lutero dio a la rebelión del campesinado un componente que le hizo llegar a niveles que nunca alcanzó en el pasado:

“Poco después, en 1525, estalló la rebelión de los campesinos. Estos habían sufrido por varias décadas una opresión siempre creciente, y por tanto había habido rebeliones en 1476, 1491, 1498, 1503 Y 1514. Pero ninguna de ellas tuvo la magnitud de la de 1525. En esta nueva rebelión, un factor vino a añadirse a las demandas económicas de los campesinos. Ese nuevo factor fue la predicación de los reformadores. Aunque el propio Lutero no creía que su predicación debía ser aplicada en términos políticos, hubo muchos que no estuvieron de acuerdo con él en este punto. Uno de ellos fue Tomás Muntzer” Justo L. Gonzales, Historiad del cristianismo, Tomo II, Editorial Unilit, Miami 2004, Pag. 42

Se formaban pelotones de campesinos exigiendo ser emancipados de la servidumbre, y que creyendo estar justificados por la Palabra Divina, asaltaban, saqueaban y quemaban monasterios, iglesias y castillos, degollando en nombre del evangelio y de la libertad cristiana a los monjes, nobles y eclesiásticos que les ponían resistencia (Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 204). Lutero primero concede que en las demandas de los campesinos hay algunas que son justas, intercede a favor de la reconciliación entre ambos bandos (Lo hace en su escrito titulado “Exhortación a la paz en contestación a los doce artículos del campesinado de Suabia”. Una traducción de estos doce artículos de los que habla Lutero se encuentra en la obra de Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 206-207). Allí recomienda a los campesinos que no se subleven contra las autoridades temporales; y a los príncipes y señores que reconozcan el derecho de los campesinos (Salvador Castellote, Reformas y Contrarreformas en la Europa el siglo XVI, Ediciones Akal S.A., Madrid 1997, pág. 42), pero escandalizado por los abusos y destrozos se decanta a favor de los príncipes ordenando que se les asesine ya sea pública o clandestinamente en su escrito Contra las hordas bárbaras y asesinas de los campesinos (Martín Lutero, Contra las bandas rapaces y asesinas de los campesinos, año 1525).

Para el reformador los campesinos pasan a merecer “mil veces, de la muerte del cuerpo y del alma” por lo cual el que primero quiera y pueda matarlo, obra bien y justamente”, y repite más adelante “quienquiera que pueda, debe apalearlos, degollarlos y apuñalarlos de modo público o clandestino”. Con un furor tremendo exclama “es ya el tiempo de la ira y de la espada, y no el de la gracia” para culminar ordenando de forma tajante:

“herid, degollad y estrangulad cuanto podáis; y si haciéndolo así sobreviene la muerte, mejor para vosotros, que no podríais encontrar nunca muerte más bienaventurada, porque moriréis en obediencia a la palabra y al mandato de Dios”

He aquí a la Sola Escritura dando licencia para matar sin juicio y clandestinamente, y cuando a Lutero se le echaba en muchos casos parte de responsabilidad de las atrocidades, se justificó diciendo que si había que culpar a alguien era a Dios que le había mandado a hablar de esa manera:

“Los predicadores son los mayores homicidas, pues exhortan a la autoridad a que cumpla resueltamente su oficio y castigue a los culpables. Yo maté a todos los campesinos que se sublevaron, toda su sangre cayó sobre mi cabeza; pero yo se la echo a Dios, nuestro Señor, que me mandó que hablara como hablé... Martín Lutero, Weimarer Ausgabe Tischreden 3, 75, n.° 2911ª. Hubert Jedim, Manual de Historia de la Iglesia, Tomo V, Editorial Herder, Barcelona 1972, Pág. 217

Crudo ejemplo de lo lejos que puede llegar alguien cuando la soberbia le hace confundir su propia interpretación de las Escrituras con la voz de Dios. La Sola Escritura y el juicio privados en su máxima expresión.

Luego de esta guerra Lutero obtuvo todavía un mayor favor de los príncipes, con los que ya se había congraciado con su tratado sobre el Fisco común en el que ponía a disposición de los príncipes seculares los bienes de los obispados, abadías y monasterios (Jaime Luciano Balmes, Observaciones sociales, políticas y económicas sobre los bienes del clero, Imprenta de A. Brush, Segunda Edición, Barcelona 1854, pág. 64), los cuales fueron saqueados con la aprobación del reformador.

 

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Acerca de José Carlos Pando Valdés

Gracias por dedicar parte de su tiempo a la lectura apologética, tan ncesitada dentro de la Iglesia actual. Que Dios lo colme de Bendiciones.

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