Reforma Protestante, Sola Escritura, Tradición Oral Apostólica

Minientrada A modo de introducción: Origen y Causas de la Sola Escritura; desecho de la Tradición, o sea “un poco de Historia”

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1. A modo de introducción: Origen y Causas de la Sola Escritura; desecho de la Tradición, o sea “un poco de Historia”

Hablar de las causas de la Reforma Protestante no es algo simple, pues no fue uno sino un conjunto de factores que se conjugaron entre sí y ocasionaron el curso de los acontecimientos. Es necesario reconocer que para esa época la Iglesia pasaba por una profunda crisis, pues abundaban los abusos y la vida escandalosamente pecaminosa de algunos miembros del clero católico e inclusive de la alta jerarquía.

Incluso hoy perdura la opinión mayoritaria de que fueron estos abusos los que causaron la Reforma, e incluso católicos notables de aquella época estaban de acuerdo (Al respecto el historiador Francisco Martín cita entre otros al Cardenal Reginaldo Polde en tiempos de la Reforma: “Por nuestra causa se ha desencadenado la tempestad”, al célebre Erasmo de Rotterdam: “Diré cuál fue la fuente de este primer mal, la abierta e impía vida de algunos sacerdotes y el aire sombrío de algunos teólogos dieron lugar a esta tempestad”. Opiniones en la misma vía también de H.S. Denifle, Bossuet, etc. Francisco Martín Hernández, Historia de la Iglesia II. La Edad Moderna, Ediciones Palabra, 3era Edición, Madrid 2005, pág 111-112). Otros historiadores y católicos notables diferían y alegaban que en otras épocas también habían ocurrido abusos similares o mayores sin que ello ocasionara el cisma (El mismo Francisco Martín Hernández cita como ejemplo a Imbart de la Tour (Les Origines de la Réforme, Paris, 1905), entre otros). Pero independientemente de que fuera este el principal detonante o fuera uno de los muchos factores que la produjeron, lo cierto es que los reformadores, por lo menos Lutero, tenían muy claro que sus objeciones no iban tanto dirigidas a los abusos sino a la doctrina católica misma.

Obviamente se encuentran en los escritos de Lutero y otros reformadores abundantes reproches a la vida y conducta del clero católico (probablemente porque para efectos propagandísticos servían bien a su causa) pero en no pocas ocasiones reconocieron que su problema no eran los abusos sino sus objeciones doctrinales.

Respecto a esto escribió Lutero:

  • “Yo no impugno las malas costumbres, sino las doctrinas impías” (Martín Lutero, Carta a Leon X, año 1530, Weimarer Ausgabe 7,43. Juan Luis Lorda, La gracia de Dios, Editorial Pelícano, Madrid 2004, pág. 152)
  • “Yo no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del Papado” (Weimarer Ausgabe Tischreden 3555, in 408 Sergio Fernández Larraín, Carlos V, Lutero y la Reforma Protestante. Biblioteca del Congreso Nacional, Homenaje Guillermo Feliú Cruz, Editorial Andrés Bello, Chile 1973, Pág. 298)
  • “La vida es tan mala entre nosotros como entre los mismos papistas; la cuestión es otra: de si enseñan o no la verdad” (Francisco Martín Hernández, Historia de la Iglesia II. La Edad Moderna, Ediciones Palabra, 3era Edición, Madrid 2005, pág. 113)

Y en sus conversaciones de sobremesa:

  • “Nosotros vivimos mal, como viven los papistas. No luchamos contra los papistas a causa de la vida, sino de la doctrina. Personalmente no digo nada sobre su forma de vivir, sino sobre la doctrina. Mi quehacer, mi combate, se centra en saber si los contrincantes transmiten la verdadera doctrina” (Ibídem)
  • “Por eso, aunque el papa fuese tan santo como san Pedro, lo tendríamos por impío y nos rebelaríamos contra él” (Weimarer Ausgabe Tischreden 6421, V, 654)
  • “Le opondremos el Padrenuestro y el Credo, no el Decálogo, porque en esto de moral somos demasiado flacos” (Weimarer Ausgabe Tischreden 3550, III, 402)

Una clave para encontrar las causas doctrinales de la Reforma se encuentra en la vida y obra de los reformadores protestantes, y en particular de quien le dio su estallido inicial: Martín Lutero. Por cuestión de espacio no es posible profundizar en la vida de Lutero tanto como quisiéramos, por lo que nos limitaremos a decir que era un hombre profundamente escrupuloso que vivía lleno de angustia y atormentado por sentirse incapaz de dominar sus pasiones. Es así como sintiéndose abandonado y reprobado por Dios va formando el núcleo de la doctrina que le dará consuelo: si la concupiscencia (que para Lutero era pecado porque no diferenciaba el sentir del consentir) permanece siempre en el hombre por causa del pecado original, es porque la libertad humana o libre albedrío está completamente corrompida (Posteriormente Lutero llegaría a decir que el libre albedrío es “pura mentira” y lo negaría totalmente. Martín Lutero, De servo arbitrio), de allí que el hombre no puede ser justificado intrínsecamente sino extrínsecamente por imputación. El hombre no es hecho santo sino declarado santo, permanece pecador pero se le imputa la justicia de Cristo, de allí que el hombre se salve solo por la fe fiducial, que se entiende como la sola confianza en que la divina misericordia remitirá los pecados por los méritos de Jesucristo (El Concilio de Trento rechazó las tesis protestantes, con las siguientes palabras: «Si alguien dijera que la fe justificante no es otra cosa que la confianza y que esa confianza es lo único con que nos justificarnos, sea anatema» (DS 1562)). Las obras y el cumplimiento de los mandamientos no son necesarios para la salvación sino simplemente consecuencias de la fe. Y es en este contexto donde nace la doctrina conocida como la Sola Fides o salvación por la fe sola.

El problema de Lutero es que sus planteamientos tropezaban no solo con la enseñanza del Magisterio de la Iglesia, sino con toda la Tradición eclesiástica comenzando desde la Iglesia Primitiva hasta nuestros días.

Ya desde los primeros siglos los cristianos entendían que la salvación era producto de la gracia de Dios, pero al mismo tiempo sostenían que no anulaba la libertad humana, porque la gracia no era irresistible. Los Reformadores por supuesto intentaron buscar en la enseñanza de los primeros cristianos y padres de la Iglesia algún apoyo a sus planteamientos doctrinales, pero encontraron que su doctrina no solo era una novedad, sino que en aquellos puntos donde no lo era, había sido rechazada unánimemente por los primeros cristianos y padres de la Iglesia.

Juan Calvino en su más célebre obra Institución de la Religión Cristiana reconoce que los primeros padres sostenían una opinión distinta a la suya, pero lo achaca a que siguieron en exceso a los filósofos paganos:

“Los Padres antiguos han seguido excesivamente a los filósofos. En cuanto a los doctores de la Iglesia, aunque no ha habido ninguno que no comprendiera cuán debilitada está la razón en el hombre a causa del pecado, y que la voluntad se halla sometida a muchos malos impulsos de la concupiscencia, sin embargo, la mayor parte de ellos han aceptado la opinión de los filósofos mucho más de lo que hubiera sido de desear” Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, II, 2,4

San Agustín, al que llegaron a citar numerosas veces, ya había identificado más de un milenio antes a aquellos que llegaban a sostener una opinión similar a la de Lutero con estas palabras:

Personas poco inteligentes, sin embargo, con respecto a las palabras del apóstol: ‘pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley’ han pensado que quiere decir que la fe es suficiente para un hombre, incluso cuando lleva una mala vida, sin buenas obras” Agustín de Hipona, Sobre la gracia y el libre albedrío. XVIII

Las abundantes evidencias que se encuentran en los escritos de los primeros padres de la Iglesia que prueban esto exceden el alcance de este compendio, pero se puede encontrar un resumen de ellas en el siguiente enlace: http://www.es.catholic.net/op/articulos/5742/creian-los-padres-de-la-iglesia-en-la-doctrina-de-la-sola-fides (Internet)

Es así donde Lutero y los reformadores para imponer su doctrina de la Sola Fe tenían que previamente derribar tanto la autoridad del Magisterio católico (como intérprete autorizado de Revelación), como la Tradición (porque tampoco estaba de acuerdo con ellos). Al derribar la Tradición derribaban también la autoridad de los Concilios Ecuménicos y pronunciaciones dogmáticas que la Iglesia había hecho a lo largo de toda su historia.

Hasta ese entonces los cristianos habían sostenido que la teología debía ser formulada de acuerdo a tres principios: Escritura, Tradición y Magisterio. A este respecto explica el apologeta James Akin:

“Los dos primeros de estos proveían los datos necesarios para conducir investigaciones teológicas mientras que el tercero servía para formular autoritariamente la interpretación correcta de los datos presentados por las dos fuentes materiales. Así Escritura y Tradición servían como principios materiales de teología, mientras que el Magisterio, al permitirnos saber con seguridad el significado correcto de este material, servían como un principio formal de teología.” Jimmy Akin, Sola Scriptura y Juicio Privado.

La razón de rechazar la Tradición no solo era que se oponía a su forma de entender las Escrituras, sino que al quedarse con solo la Biblia les resultaba más fácil apoyar sus doctrinas, interpretando algunos pasajes a su manera, y restando importancia a otros que pudieran no convenirles.

La Tradición hasta ese entonces había servido como un punto vital de referencia para entender como habían interpretado el contenido de la Revelación los primeros cristianos y sus generaciones posteriores. Era una referencia invaluable para no malinterpretar el significado original de los textos, pero sin ella este punto de referencia se encontraba completamente ausente.

Por supuesto, era necesario para ellos rechazar no solo la Tradición posterior al siglo IV, al cual atribuían el comienzo de la apostasía de la Iglesia, sino toda la Tradición, porque en ella había evidencia de que las doctrinas católicas eran profesadas desde mucho antes. El sólido fundamento patrístico de doctrinas como el primado de Pedro, la penitencia, el bautismo de infantes, el purgatorio, entre otros, no les dejó otra alternativa si querían justificar su Reforma.

Resultaba muy incómodo porque al evidenciar que los primeros cristianos profesaban una fe distinta a la de ellos, se dejaba al descubierto que su doctrina era ciertamente novedosa en sentido opuesto a la enseñanza anterior. Reconocer esto era como colgarse en el pecho un cartel que dijese “falso profeta”, pues estaba escrito que:

…vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias,” 2 Timoteo 4: 3

Este fue precisamente el argumento que opusieron los católicos a los reformadores: ¿Quién te crees tú para afirmar que tú sabes más que todos nuestros predecesores juntos? ¿Vale tu propio juicio más que el de la Iglesia desde sus comienzos? Después de todo, aunque Lutero pudiese alegar que aquellos eran “hombres” tenía que reconocer el hecho de que también él lo era, y no era poco arrogante acusar a la Iglesia a la que la misma Biblia llama “columna y baluarte de la verdad” (1 Ti 3: 15) de una apostasía permanente.

El propio Lutero reconoce que no era solo los católicos los que interponían semejante objeción, sino su propia conciencia, la cual desde su interior intentaba advertirle y le atormentaba:

Apenas he podido asegurar o aquietar mi conciencia con las muchas y poderosas evidencias de la Escritura, para poder contradecir yo solo al Papa, y para creerle anticristo, a los obispos sus apóstoles; a las universidades sus burdeles. ¿Cuántas veces tembló mi corazón, y me reprendió objetándome su argumento más fuerte y único? ¿Eres tú solo el sabio y los demás yerran? Martín Lutero, De abrogganda missa privanda, Prefacio. Roberto Manning, El camino más corto para quitar disputas en materia de religión, Imprenta Real, Madrid 1795, pág. 158-159

“Una vez (el diablo) me atormentó, y casi me estranguló con las palabras de Pablo a Timoteo; tanto que el corazón se me quería disolver en el pecho: Tú fuiste la causa de que tantos monjes y monjas abandonasen sus monasterios. El diablo me quitaba hábilmente de la vista los textos sobre la justificación… Yo pensaba: Tú solo eres el que ordenas estas cosas; y, si todo fuese falso, tú serías el responsable de tantas almas que caen al infierno. En tal tentación llegué a sufrir tormentos infernales hasta que Dios me sacó de ella y me confirmó que mis enseñanzas eran palabra de Dios y doctrina verdadera»” Weimarer Ausgabe Tischreden 141 I 62-63

Pero Lutero logra apagar, por lo menos en parte, estos remordimientos atribuyéndolo a tentaciones del demonio y auto-convenciéndose que su propia interpretación de las Escrituras es la propia Palabra de Dios. En 1535 escribe:

“Los apóstoles, los Santos Padres y sus sucesores nos dejaron estas enseñanzas; tal es el pensamiento y la fe de la Iglesia. Ahora bien, es imposible que Cristo haya dejado errar a su Iglesia por tantos siglos. Tú solo no sabes más que tantos varones santos y que toda la Iglesia… ¿Quién eres tú para atreverte a disentir de todos ellos y para encajarnos violentamente un dogma diverso? Cuando Satán urge este argumento y casi conspira con la carne y con la razón, la conciencia se aterroriza y desespera, y es preciso entrar continuamente dentro de sí mismo y decir: Aunque los santos Cipriano, Ambrosio y Agustín; aunque San Pedro, San Pablo y San Juan; aunque los ángeles del cielo te enseñen otra cosa, esto es lo que sé de cierto: que no enseño cosas humanas, sino divinas; o sea, que (en el negocio de la salvación) todo lo atribuyo a Dios, a los hombres nadaWeimarer Ausgabe 40,1 p.130-31. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 15

De esta manera Lutero llega a convencerse a sí mismo de que toda la Iglesia con todos los santos juntos podían errar, mientras niega esa posibilidad en la práctica a sí mismo:

 “Los Santos Padres, los doctores, los concilios, la misma Virgen María y San José y todos los santos juntos pueden equivocarse Weimarer Ausgabe 17,2 p.28. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 14

“Estoy cierto de que mis dogmas los he recibido del cielo. Mis dogmas permanecerán y el papa sucumbiráWeimarer Ausgabe 10,2 p.184. Ricardo García- Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 15

Para él no era arrogancia atribuirse tal infalibilidad y lo justificaba diciendo “yo no valgo nada; el infalible es Cristo, cuya palabra yo defiendo contra todos”, a lo cual, comenta acertadamente Ricardo García-Villoslada:

“Era una humildad nada más que aparente, porque, al identificar su propia opinión con la palabra divina, está diciendo que él es el único en interpretar rectamente la palabra de Dios, contra la opinión de todos los Santos Padres y doctores de la Iglesia y contra las decisiones de todos los concilios y sumos pontífices” Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 14.

Su endurecimiento llegó a ser tal que el mismo confiesa como a diario oraba llenando su boca de maldiciones, paradójico para alguien que dice seguir un evangelio que manda a orar y bendecir a los que nos maldicen:

“Quiero en adelante maldecir a estos bribones y denostarlos hasta el día de mi muerte, sin que jamás oigan de mí una sola palabra buena. Estos truenos y rayos quiero que me acompañen hasta la sepultura. Yo no puedo orar sin que a la vez maldiga. Al decir: Santificado sea tu nombre, tengo que añadir: Maldito, condenado, infamado sea el nombre de los papistas y todos cuantos blasfeman de tu nombre. Al decir: Venga tu reino, tengo que añadir: Maldito, condenado, perturbado sea el papado con todos los reinos de la tierra que son contrarios a tu reino. Al decir: Hágase tu voluntad, tengo que añadir: Malditos, condenados, deshonrados y aniquilados sean todos los pensamientos y designios de los papistas y de todos los que conspiran contra tu voluntad y consejo. Verdaderamente, así oro yo todos los días con la boca y con el corazón, ininterrumpidamente, y conmigo todos los que creen en Cristo” Weimarer Ausgabe 30,3 p.470. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 377.

Juan Calvino, no estaba precisamente menos convencido que Lutero, y luego de una larga lucha para imponer una teocracia en Ginebra al estilo del antiguo reino judío y la república platónica llegó a lograr que el Consejo reconociese su obra como la “doctrina santa de Dios” (Leónard E. G., Histoire genérale du protestantisme I, París 1961, pág. 301 ss.).

Es en este contexto, donde los reformadores están completamente convencidos de ser los verdaderos portadores de doctrina cristiana, que surge el principio del juicio privado o la libre interpretación de la Biblia. Para despojar al Magisterio de la Iglesia de la autoridad para interpretar auténticamente las Escrituras, se ven obligados a trasladarla a cada creyente de forma individual, de manera que ahora ellos, pudiendo servirse de ese derecho, pudiesen disentir de la Iglesia Católica y predicar su propia doctrina.

Nota: Por curiosas razones la terminología “Reforma Protestante” acabó colándose en el léxico de muchos países, incluso hasta los de mayoría católica; sin embargo, tal sintagma no hace justicia a los verdaderos hechos. Así, el movimiento político-religioso iniciado por Martín Lutero es en lo concreto una Ruptura con la Iglesia Madre, pues no transformó a esta a sus propósitos. No obstante, por la fuerza de la práctica decidimos utilizar el vocabulario protestante: Reforma Protestante, reformadores, etc..

1.1 Los “reformadores” sufren las consecuencias de su propia doctrina

Lutero, ante Carlos V, se niega a retractarse o buscar otra vía – escena de Carlos Rey Emperador, la teleserie de RTVE

Pero una vez que los reformadores trasladaron la autoridad para interpretar de forma definitiva las Escrituras a cada individuo, se encontraron con un problema aun mayor: el mismo principio que ellos usaron para rechazar la autoridad de la Iglesia podía ser usado contra ellos por sus propios seguidores.

Es aquí donde comienza a verse la gran contradicción entre los principios y la práctica de los reformadores, porque aunque continuaron enseñando que Solo la Biblia es la única regla de fe,  que Dios ilustra a cada creyente para juzgar de su verdadero sentido, que el dictamen de los santos Padres, los decretos de los concilios, y las decisiones de la Iglesia no son más que palabras de hombres a las que nadie está obligado a someterse, al mismo tiempo no cesaron de celebrar sínodos, de escribir confesiones de fe, condenar los errores, de excomulgar a quienes los que los sostenían. Cualquier resultado a estas deliberaciones carecía completamente de autoridad, ya que podía ser calificado a su vez por los disidentes como “palabra de hombres”.

Cierto es que cuando los reformadores predicaron el juicio privado, lo que querían imponer era su propio juicio privado. Ellos sabían que en la práctica no podían mantener la unidad de su “iglesia” si cada quien creía lo que quería creer.

Esto, por supuesto, se lo señalaron los católicos muchas veces, porque era como sostener que Jesucristo, en lugar de haber establecido en su Iglesia un principio de unidad, puso en ella un principio de división para todos los siglos, dejando a todos los tenaces sectarios la libertad de formar bando aparte, cuando quiera que ellos acusasen a la Iglesia de error o desorden. De allí que les recordaran que era orden evangélica mantener la unidad entre los cristianos, ya que la Iglesia es UNA:

“Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer” 1 Corintios 1: 10

“Los que os decían: En el postrer tiempo habrá burladores, que andarán según sus malvados deseos. Estos son los que causan divisiones; los sensuales, que no tienen al Espíritu” Judas: 18-19

“Más os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra la doctrina que habéis aprendido y que os apartéis de ellos” Romanos 16: 17

 “entendiendo primero esto, que ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada2 Pedro 1: 20

Los cismas no se hicieron esperar: Luteranos versus Anabaptisas se oponían entre sí entre otras razones por el bautismo infantil (A este respecto ver El Bautismo de niños en los padres de la Iglesia y la historia), Zuinglio se oponía a Lutero porque reconocía la presencia Real de Cristo en la Eucaristía (A pesar de reunirse a deliberar y llegar a un acuerdo en el Coloquio de Marburgo en 1529, todo acuerdo fue imposible y las diferencias subsisten hasta el día de hoy), los calvinistas fueron incapaces de ponerse de acuerdo con los arminianos respecto a no pocos puntos de la doctrina de la gracia y la predestinación. En todos estos casos la división no solo ha permanecido viva sino que ha aumentado.

La situación era realmente muy incómoda para los reformadores porque ellos conocían perfectamente los textos bíblicos que condenaban las divisiones y eran muy abundantes como para ignorarlos. Sabían que la Biblia señala que las divisiones son una “obra de la carne” (Gálatas 5: 19-20), y quienes las producen son “hombres sarcásticos que viven según sus pasiones impías” (Judas 1:18, B. de Jerusalén). El profundo deseo de unidad tantas veces remarcado en el Nuevo Testamento (1 Corintios 1: 12-13; 2 Corintios 13: 11; Efesios 4: 3-5; Gálatas 1: 6-9; Juan 17: 20-21) provocó reacciones semejantes a las que observamos en una de las cartas que Juan Calvino escribe a Philipp Melanchthon donde le confiesa:

Es de gran importancia que las divisiones que subsisten entre nosotros no deben ser conocidas para las edades futuras, porque nada puede ser más ridículo que nosotros, que nos hemos visto obligados a separarnos del mundo entero, tuviéramos tan mal acuerdo entre nosotros desde el comienzo de la Reforma” Juan Calvino, Ep 141, Carta a Philipp Melanchthon. El texto en inglés tal como aparece en Charles F. B. Allnatt, Which is the true church?  Or, a few plain reasons for joining the Roman Catholic communion, Ballantyne Press 1881, pág. 58, dice “It is of great importance that the divisions which subsist amongst us should not be known to future ages; for nothing can be more ridiculous than that we, who have been obliged to separate from the whole world (a toto mundo discessionem facere coacti sumus), should have agreed so ill among ourselves from the very beginning of the Reformation”

Pero no solo Calvino observaba los desastres causados por su propio principio, el resto de los reformadores también se quejaban de sufrirlas en carne propia. Lutero así escribe a Zuinglio:

“Si dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, a causa de las varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de los concilios y refugiarnos en ellos Martín Lutero, Carta a Zuinglio. Jaime Luciano Balmes, El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea, Tomo I, Imprenta del Diario de Barcelona, Décima Edición, Barcelona 1921, pág. 213

La queja de Lutero aquí es bastante significativa, porque demuestra que se daba cuenta que al derrumbar la Tradición no solo había abierto la puerta para poder él mismo predicar sus doctrinas, sino que la abrió a todas las herejías que la Iglesia había combatido a lo largo de la historia. Doctrinas que el mismo reprobaba y que calificaba de heréticas tendrían que volver a ser combatidas indefinidamente dentro de su propia grey generación tras generación, porque cualquier acuerdo que logren no obligará a sus sucesores, a que a fin de cuenta son “palabras de hombres”. El mismo germen del protestantismo hace que sigan expuestos a combatir herejías que para los católicos ya son una cuestión zanjada desde hace siglos.

Otras amargas quejas de Lutero:

“El mundo empeora de día en día. Los hombres son ahora mucho más codiciosos, maliciosos, y resentidos, y mucho más rebeldes, descarados y llenos de vicios, de lo que eran en la época del papismo” In Postill. super Evang. Dominicae primae Advent. Charles F. B. Allnatt, Which is the true church?  Or, a few plain reasons for joining the Roman Catholic communion, Ballantyne Press 1881, pág. 60

“Anteriormente, cuando fueron seducidos por el Papa, los hombres de buena gana siguieron las buenas obras, pero ahora todo su estudio es para conseguir todo para ellos mismos, por exacciones, el saqueo, el robo, la mentira y la usura” Martín Lutero, Serm. Dom. 26 post Trinit. Charles F. B. Allnatt, Which is the true church?  Or, a few plain reasons for joining the Roman Catholic communion, Ballantyne Press 1881, pág. 60

“Con respecto a nuestra Alemania, es evidente, de acuerdo a la gran luz del Evangelio, que está claramente poseída por el diablo. Nuestros jóvenes son insolentes y rebeldes, y ya no presentan para la educación, los viejos están cargados con los pecados de la avaricia, la usura, y muchos otros que no se pueden mencionar” Martín Lutero, In Gen. xxiii.9, tom. i. p. 2451. Charles F. B. Allnatt, Which is the true church?  Or, a few plain reasons for joining the Roman Catholic communion, Ballantyne Press 1881, pág. 60

Juan Calvino también se queja de lo mismo:

“Cuando tantos miles de hombres, después de haberse despojado de la autoridad papal, con entusiasmo se enrolaron ellos mismos en el evangelio, ¿cuán pocos, piénsalo, se han arrepentido de sus vicios? No, ¿Qué ha mostrado la mayoría haber sido su deseo, después de haber sacudido el yugo de la superstición, que podrían lanzarse más libremente en todo tipo de lascivia?” De Scandalis, tom. ix. p. 71, ed. Amstelod, 1667. Charles F. B. Allnatt, Which is the true church?  Or, a few plain reasons for joining the Roman Catholic communion, Ballantyne Press 1881, pág. 60

Philipp Melanchthon, amigo incondicional de Lutero se quejaba otro tanto:

“El (río) Elba, con todas sus aguas no podrían proporcionar suficientes lágrimas para llorar por las miserias que la Reforma ha traído Philipp Melanchthon, Epis. 202, lib. Ii. Charles F. B. Allnatt, Which is the true church?  Or, a few plain reasons for joining the Roman Catholic communion, Ballantyne Press 1881, pág. 59

Martín Bucero, considerado uno de los más importantes teólogos de la Reforma Protestante y reformador de Estrasburgo y Alsacia es de la misma opinión:

“La mayor parte de la gente solo parece haber abrazado el Evangelio con el fin de quitarse de encima el yugo de la disciplina y la obligación del ayuno, la penitencia, etc…, que estaba con ellos en el Papado, y vivir a su gusto, disfrutando de sus pasiones y los apetitos fuera de la ley, sin control. Por lo tanto prestan un oído dispuesto a la doctrina de que somos salvos por la fe sola, y no por obras, después de no tener gusto por ellas” De Regno Christi, lib. i. c. 4. Charles F. B. Allnatt, Which is the true church?  Or, a few plain reasons for joining the Roman Catholic communion, Ballantyne Press 1881, pág. 61

Teodoro Beza, discípulo fiel y sucesor de Calvino:

“Atormentáronme también a mí mucho y por largo tiempo, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo a los nuestros divagando a merced de todo viento de doctrina, y, levantados en alto, caerse ahora a una parte, después a otra. Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra al Romano Pontífice, ¿en qué punto de la religión están de acuerdo? Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro como impía” Theodore Beza Epist. ad Andream Dudit. Jaime Luciano Balmes, El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea, Tomo I, Imprenta del Diario de Barcelona, Décima Edición, Barcelona 1921, pág. 213-214

1.2       Endurecimiento de los “reformadores”

Ante esta situación los reformadores estaban completamente impotentes. Ellos habían predicado que cada quien tenía el derecho de interpretar las Escrituras por su propia cuenta, pero cuando las personas hacían uso de ese derecho para diferir de ellos, estos no tenían manera de prohibírselo en base al propio principio que ellos se habían inventado. Es aquí donde llegó la Reforma a su punto de mayor hipocresía, porque negaron a todos los demás protestantes el derecho que ellos habían proclamado tener.

Todo aquel que difería con Lutero en cualquier punto de doctrina o le considerase su enemigo era objeto de los calificativos más soeces y vulgares. Al duque Jorge de Sajonia le llama “asesino”, “traidor”, “infame” “sicario”, “derramador de sangre”, “tunante desvergonzado”, “mentiroso”, “maldito”, “perro” “sanguinario”, “demonio” (Martín Lutero, Contra el fementido asesino de Dresden. Wudder den Meuchler zu Dresden: Weimarer Ausgabe 30,3 p.444-71). Los insultos al Papa siempre fueron una constante y es casi imposible contabilizarlos: “anticristo maldito” (Weimarer Ausgabe 54,214-15. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 545), “borriquito papal”, “asno papal” (Weimarer Ausgabe 54,220-21. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 545), “obispo de los hermafroditas y el papa de los sodomitas”, “apóstol del diablo” (Weimarer Ausgabe 54,226-28. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 545). Pero ahora no solo los católicos eran objeto de sus oprobios, sino que ya alcanzaban a los mismos protestantes. Tomas Münzer era un “archidemonio que no perpetra sino latrocinios, asesinatos y derramamientos de sangre” (Weimarer Ausgabe 18,357 y 367. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 181), su aliado Andreas Karlstadt cuando diverge con él pasa a ser un “sofista, esa mente loca”, “mucho más loco que los papistas”. Lo mismo sucede con Ulrico Zuinglio, quien cuando niega la presencia de Cristo en la Eucaristía, pasa a ser “dignísimo de sacro odio, ya que tan procaz y maliciosamente obra en nombre de la santa palabra de Dios” (A Link, 27 de Octubre: Briefw. IV 272. Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero II, en lucha contra Roma, Biblioteca de Autores Cristianos, Segunda edición, Madrid 1976, pág. 306) y un “servidor del diablo”.

Al interpretar textos como Mateo 10: 34 o Lucas 12: 49 sostenía que el Evangelio debía predicarse con espada en mano, y que era preciso exterminar a todos los que hiciesen resistencia (Abate Bergier, Diccionario Enciclopédico de Teología, Tomo III, Imprenta Don Tomás Jordán, Marzo 1832, pág. 541).

Calvino no era ni por mucho la excepción, y sus adversarios eran tachados de “malvados, tunantes, borrachos, locos, furiosos, rabiosos, bestias, toros, puercos, asnos, perros, viles esclavos de Satanás” (Jaime Luciano Balmes, El protestantismo comparado con el catolicismo en sus relaciones con la civilización europea, Tomo I, Imprenta del Diario de Barcelona, Décima Edición, Barcelona 1921, pág. 208).

Indignado por las correcciones que Miguel Servet había hecho a su obra Institución de la Religión Cristiana escribe a Farel confesándole que si por su mano fuera le vería muerto (Escribe Calvino a Farel: “Servet acaba de enviarme con sus cartas un grueso volumen con sus delirios. Si se lo permitiera, vendría aquí, pero no le empeño mi palabra, pues en caso de venir, si es que mi autoridad sirve para algo, no toleraré que salga vivo” Roland H. Bainton, Servet, el hereje perseguido, Taurus Ediciones, Madrid, 1973, pág. 152), lo cual es una confesión firmada de parte del propio reformador de cómo podía querer la muerte de otro cristiano por ejercer un derecho que él había afirmado que tenía y que era uno de los núcleos fundamentales de la Reforma. Finalmente cuando finalmente Servet cae en sus manos y logra su ejecución, escribe Fidelis expositio errorum Michaelis Serveti & brevis eorundem refutatio, en la cual justifica la pena de muerte para los herejes (Cesar Cantú, Historia Universal Tomo IV, Imprenta de Gaspar y Roig Editores, Madrid, 1866, Pág. 67).

Servet no fue la única víctima de las inquisiciones protestantes. Como un pequeño resumen basta mencionar que hasta 1546 se cuentan sesenta y siete condenas a muerte (treinta y cuatro en 1545, en solo tres meses, entre brujas y presuntos propagadores de la peste), otras tantas condenadas al exilio y cerca de ochocientos encarcelados (Guido Zagheni, La Edad Moderna, Curso de Historia de Iglesia III, Ediciones Palabra, Madrid 2005, pág. 139). Entre otras víctimas de renombre del régimen Calvinista están Santiago Gruet, por negar la divinidad de Cristo y ser acusado de colocar un cartel que contenía burlas sobre Calvino fue apresado, torturado dos veces por día hasta confesar para finalmente ser decapitado en 1547 (Hermann Tuchle, Nueva Historia de la Iglesia, Tomo III, Ediciones Cristiandad, 1987, pág. 122). Raoul Monnet, quien fue acusado de hereje y blasfemo por haber compuesto un Nuevo Testamento para uso de sus discípulos, y hecho grabar caricaturas de los personajes bíblicos. Fue condenado y decapitado en la colina de Champel (Una mención al suplicio de Monnet puede ser encontrada en: Paul Henry, The Live and Times of John Calvin, the great reformer, Vol II, Whittaker and CO., Ave María Lane, Londres 1849). Valentín Gentil, también condenado a muerte pero salvó la vida retractándose.

Entre los más emblemáticos desterrados están Jerónimo Bolsec, quien se opuso a Calvino y su concepción respecto a la predestinación, e inclusive un librero de nombre Belot, quien se identificaba como anabaptista, y fue encarcelado, torturado y finalmente desterrado so pena de ser ahorcado en caso de volver, todo por cometer la “insolencia” de distribuir libros y folletos sin el permiso del reformador (Este episodio es narrado por el historiador protestante Bernard Cottret en su obra Calvino, la fuerza y la fragilidad, Editorial Complutence, Primera Edición, Madrid  2002, pág. 198).

Pero si en la Ginebra Calvinista las víctimas parecen pocas, en el resto de los países reformados y luteranos las víctimas son inclusive más abundantes, tal como reconoce el propio Beza al hacer referencia a las numerosas condenas a muertes de anabaptistas (Bernard Cottret, Calvino: la fuerza y la fragilidad, pág. 197.). No hablemos de los destrozos y masacres de la Inglaterra de Enrique VIII o Isabel I.

Estos hechos demuestran que es errada la idealizada imagen que se han formado algunos protestantes, respecto a que los reformadores luchaban por la libertad religiosa. Es triste decirlo pero es un hecho histórico que ellos luchaban por imponer solamente su religión y eso incluía desterrar el ejercicio de la religión católica, su principal objetivo, a la cual pintaban como una idolatría que era un deber de conciencia destruir para todo buen cristiano. Calvino escribía que era preciso exterminar a los celosos pillos que se oponían al establecimiento de la Reforma; que debían sofocarse semejantes monstruos, como lo demuestra en la mencionada defensa sobre la condena de Servet, o en su carta a su amigo el marqués de Poét:

“Entre tanto no omitas ni viajes ni ocupaciones; trabaja pues: tú y los tuyos bailareis todo después, honra, gloria y riquezas serán el premio de tantas penas: sobre todo, no cometas la falta de no librar el país de aquellos bribones celosos que calumnian nuestra conducta y publican por sueño nuestra creencia. Estos monstruos merecen el destino que yo he hecho tener a Miguel Servet, el español, no creas que alguno en adelante piense en imitarlo. Tu humildísimo aficionadso ervidor” Juan Calvino, Carta al marqués de Poét, Ginebra a 8 de Septiembre de 1561.

Basta decir que no hubo un solo pueblo en que los calvinistas hubiesen dominado, que tolerasen el ejercicio de la religión Católica. En Suiza, Holanda, Suecia la prohibieron, tal como lo hicieron los anglicanos en Inglaterra. Sobre esto ya hemos publicado un escrito en nuestra anterior serie clic aquí para consultarlo.

—CONCLUSIONES—

1.

  • La causa principal de la Reforma Protestante fueron los supuestos errores doctrinales del catolicismo siendo el detonante principal los abusos de este clero.
  • Martín Lutero empezó a creer que las obras no eran necesarias para la salvación sino simplemente consecuencias de la fe, formulando la Sola Fe.
  • Su nueva doctrina era contrapuesta a lo que la Iglesia siempre había mantenido, por lo que para librarse de Magisterio y Tradición decide crear un nuevo mecanismo, la Sola Escritura.

1.1

  • Una vez que los reformadores trasladaron la autoridad para interpretar de forma definitiva las Escrituras a cada individuo, sus seguidores comenzaron a disentir entre sí. Por todos lados comenzaron a brotar nuevos maestros.
  • Cuando los reformadores predicaron el juicio privado, lo que querían imponer era su propio juicio privado. Ellos sabían que en la práctica no podían mantener la unidad de su “iglesia” si cada quien creía lo que quería creer.

1.2

  • Pronto el mundo protestante se dividió en decenas de ramas y los mismos que habían adjudicado una libre interpretación comenzaron a vender la suya como la única correcta.
  • Así llegó la época más hipócrita de la Reforma, donde los ataques intestinales fueron muchos. Así luteranos se oponían a anabaptistas, calvinistas a arminianistas, etc..
  • Los reformadores protestantes no luchaban por la libertad religiosa sino por imponer sus concepciones.

Para profundizar

  • Por ApologeticaCatolica.org. Disponible en:

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Acerca de José Carlos Pando Valdés

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4 Comments

  1. labuenasemilla

    Pues a mi me parece que si se toma tanto tiempo y dedicación en una serie tan detallada y larga debería hablar de todos los detalles no solo de los que usted a conveniencia cree los más importantes pues para otros no son esos los más relevantes, es importante decir toda la verdad y no a medias si el objetivo real es educar, enseñar y que todos conozcan realmente la Tradición o “un poquito de historia” además porque se sigue repitiendo en la actualidad.

    • Saludos
      Se equivoca. Recuerde siempre que entre el objetivo y los resultados hay un tramo largo, así como entre causa y efecto. Si fuéramos a analizar todas las causas de la Reforma haría falta tan solo una serie para ello, pero no es el objetivo. El propósito solo es distinguir que la Reforma no fue solamente un movimiento que surgió por abusos de un clero déspota y alejado del espíritu cristiano sino que la gran raíz fueron las contradicciones teológicas y lo primero el abono.
      En fin, hermano, sería muy provechoso poner aquí “todos los detalles”, pero Usted tan preocupado por la largura de mis escritos debería considerar que lo puesto es lo que se relaciona con el hilo de nuestro objetivo. Gracias por su comentario, de todas formas si Usted desea listar otras causas puede hacerlo y yo lo publico para el conocimiento de todos.
      DLB

  2. alright

    Hola como estas???

    dices:
    La causa principal de la Reforma Protestante fueron los supuestos errores doctrinales del catolicismo siendo el detonante principal los abusos de este clero.

    Es interesante notar que no menciones las indulgencias para financiar la edificacion de la basilica de San Pedro. Esta es una de las causas fundamentales y más famosas de corrupcion de la iglesia católica. Nota que no digo clero, me refiero al mismo papa que las utilizó. Es obvio que este es un error doctrinal, un abuso del papa para construir una basílica. Una ley extrabiblica y fuera hasta de la misma tradicion. Un invento de la iglesia católica que enfurecio con razon a muchos.

    otras causas son:

    La invension de la imprenta, la cual hizo posible que muchos accedieran a la biblia y se dieran cuenta por ellos mismo las doctrinas inventadas del papado.

    La pequeña nobleza alemana que estaba arruinada se aprovecho de las ideas luteranas para quitarle las tierras lujosas de la iglesia. ¿Para que tanta pompa? ¿vivió Jesús con tanto lujo? NO.

    Ejecución de JAN HUS por hereje desencadena el estallido de las guerras husitas, revelando una violenta expresión del nacionalismo bohemio, nunca suprimido por completo a pesar de las duras campañas repulsivas ejecutadas por las fuerzas combinadas del emperador y el papa.

    -auge de las universidades, que incrementan en gran medida la circulación de los libros y extiende las ideas de renovación cultural por toda Europa.

    -Epidemias y peste agravan y desencadenan crisis sociales y religiosas.

    -Fortalecimiento de las monarquías nacionales, los reyes pudieron hacerle frente al poder temporal y terrenal de la Iglesia Católica que interfería en los asuntos internos de sus reinos.

    un abrazo

    • Saludos alright,
      Bien, gracias. Cuando en el escrito se hace un análisis histórico de la época para saber cuáles fueron las causas del estallido de la Reforma no se pretende valorar el asunto con una gran agudeza. Sabemos que muchas fueron las causas, subjetivas y objetivas, como de todo proceso. Pero nos interesa detallar cuáles fueron las que movieron a Martín Lutero y determinar que la Reforma no estalló por el solo abuso de la Iglesia. Por ello la conclusión es exactamente esta: “La causa principal de la Reforma Protestante fueron los supuestos errores doctrinales del catolicismo siendo el detonante principal los abusos de este clero.”
      – La práctica bochornosa de las indulgencias están incluidas en esta conclusión, ya le dije que no era nuestro objetivo detallar históricamente sobre esto, sino ver que Martín Lutero se lanzó porque vio problemas doctrinales. Para él las indulgencias eran tanto cuestión doctrinal como abuso, para la Iglesia no, la indulgencia es doctrina católica, la forma en que se practicó si fue un abuso.
      – No he de analizar las otras causas que me pone, pues no creo que sea el objetivo de Usted, ni tampoco del artículo, que no debe de caer en ese nivel de detalle para ser la introducción de una serie que habla sobre la Sola Escritura. Por mi parte le digo que estoy de acuerdo con ellas lo que con algún que otro matiz en algunas.
      Chao y que DLB

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