Padres de la Iglesia, Papa

Minientrada ¿Son los papas auténticos sucesores de Pedro?

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Por habernos dejado llevar por la necesidad de aclarar ciertos conceptos a quienes con buenas intenciones se acercan a nuestro blog hemos incumplido la línea que en un principio nos teníamos trazada y hemos publicado artículos sueltos de contenidos que son dignos de ser publicados en series. Lo referido al Papado es uno de estos contenidos de los que surgen tantísimas dudas, este artículo va destinado a aclarar algunas de ellas.

Si realmente la Iglesia inicial interpretó el liderazgo de Pedro como sucesorio, entonces al morir Pedro le sucedería alguien que también sería reconocido como líder. Si los papas comenzaron tiempo después, entonces se puede ver claramente que esa idea no estaba en las mentes de la primera comunidad cristiana.

En un artículo futuro daremos pruebas de que Pedro estuvo en Roma y lideró la iglesia de allí junto con Pablo, en el presente vamos a ver si al morir Pedro sus sucesores heredaron o no su primado y el liderazgo sobre la Iglesia universal. La cuestión clave aquí es aclarar quién fue el primer papa (= líder de la Iglesia). Los cristianos católicos dicen que fue Pedro, y tras él su sucesor y así hasta hoy. Los protestantes dicen que el primer papa no llegó hasta el siglo VI o incluso más tarde. Esta afirmación, que puede resultar chocante, no lo es tanto si pensamos que cuando hablamos de “papa” nos referimos todos al obispo de Roma considerado como principal líder de la Iglesia por encima del resto de obispos. Según los protestantes antes del siglo VI tenemos un obispo en Roma, pero no un papa porque ni se consideraba ni era considerado líder de los demás. Será cuando el obispo romano empiece a considerarse con jurisdicción sobre los demás obispos de Oriente y Occidente cuando podemos hablar ya de un verdadero “papa” (un obispo con primacía sobre el resto). Por tanto hay que ver si antes del siglo VI tenemos noticias de que un obispo romano tuviera jurisdicción sobre el resto de obispos cristianos o no. Además, esa preeminencia debería remontarse hasta el primer siglo, lo que demostraría que todos los obispos de Roma, desde el sucesor de Pedro, han considerado siempre que de Pedro y Pablo les viene su cátedra episcopal, y además heredan también la primacía de Pedro, lo que les convierte en líderes de la Iglesia de Jesús.

Para leer sobre la primacía de Pedro sobre el resto de los apóstoles clic aquí.

Para leer sobre la heredabilidad de este cargo clic aquí.

Algunos piensan que Pedro no era un papa sino mucho más, y que decir que fue el primer papa o el primer obispo de Roma es disminuir su talla y además incorrecto. Cuando la Iglesia dice que Pedro fue el primer papa no se refiere a que Pedro fuese un papa como los demás o simplemente un obispo. Pedro fue el príncipe de los apóstoles, y eso le sitúa en una posición muy por encima de cualquier obispo y cualquier otro papa. Pero si hablamos de “papa” como el líder de toda la Iglesia, entonces, en ese sentido, es lógico decir que Pedro fue el primer papa, porque él fue el primer líder de la Iglesia. El mismo Pedro se define a sí mismo como presbítero (o sea, sacerdote) en su primera carta: “siendo yo presbítero como ellos” (1Pedro 5:1), así que si él se puede definir como sacerdote -porque también lo era- tampoco será muy inadecuado definirlo como obispo o papa -porque también hizo esas funciones. Pero de todas formas a veces consideramos a los papas como los sucesores de Pedro, y por tanto Pedro no entraría en la lista. Por eso se puede oír que Clemente fue el cuarto papa (Pedro, Lino, Anacleto, Clemente) o que fue el tercer sucesor o el tercer papa en sucesión (Lino, Anacleto, Clemente); oficialmente es considerado el cuarto.

En la primera mitad del siglo II ya tenemos el testimonio escrito de Ireneo de Lyon, nacido en Esmirna (en la actual Turquía) diciendo que tras la muerte de Pedro en Roma (circa 64 d.C) le sucedió Lino (desde el 64 al 77), que además identifica como el Lino mencionado en las cartas de Pablo a Timoteo (2 Timoteo 4:21). También cuenta que a Lino le sucedió Anacleto, y a este Clemente (los tres murieron mártires). En su libro “Adversus Haereses”, Ireneo nos dice textualmente:

Luego de haber fundado y edificado la Iglesia los beatos Apóstoles, entregaron el servicio del episcopado a Lino: a este Lino lo recuerda Pablo en sus cartas a Timoteo. Anacleto lo sucedió. Después de él, en tercer lugar desde los Apóstoles, Clemente heredó el episcopado, el cual vio a los beatos Apóstoles y con ellos confirió, y tuvo ante los ojos la predicación y Tradición de los Apóstoles que todavía resonaba […]. A Clemente sucedió Evaristo, a Evaristo Alejandro, y luego, sexto a partir de los Apóstoles, fue constituido Sixto. En seguida Telesforo, el cual también sufrió gloriosamente el martirio; siguió Higinio, después Pío, después Aniceto. Habiendo Sotero sucedido a Aniceto, en este momento Eleuterio tiene el duodécimo lugar desde los Apóstoles. (Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, III, 3.3, año 180)

No sólo nos dice que fue el primer sucesor de Pedro, sino que además el propio Pedro decidió que fuera él su sucesor, así que tendríamos una elección directa de Pedro al primero de los papas (segundo si consideramos a Pedro el primero), aunque probablemente de forma colegiada -por lo pronto nos dicen que también Pablo decidió, y tenemos el precedente de la elección de Bernabé por votación también organizada por Pedro (Hechos 1: 24-26). Según algunas referencias, parece que Lino empezó a ejercer su cargo incluso antes de morir Pedro. Esto pudiera ser cierto teniendo en cuenta que tanto Pedro como Pablo estuvieron encarcelados antes de ser finalmente ejecutados, así que es muy probable que aún en vida, los encarcelados Pedro y Pablo decidieran de alguna manera nombrar un sucesor que pudiese encargarse de la iglesia romana con más libertad que ellos.

Así pues, en tiempos de Ireneo tendríamos la siguiente sucesión: Pedro, Lino, Anacleto, Clemente, Evaristo, Alejandro, Sixto, Telesforo, Higinio, Pio, Aniceto, Sotero, Eleuterio. A unos 10 años por papa; comprensible porque todos ellos fueron martirizados por su fe pocos años después de ser elegidos. Justo es decir que de las varias listas de sucesión que conservamos de la Antigüedad no todas son idénticas pues a veces aparece un Kleto, pero más bien parece que se trate de error debido a que “Anacleto” también se puede llamar “Cleto”, pero algunos autores más tardíos pensaron que ese “Cleto” era un papa diferente y lo insertaron en la línea de sucesión como si fuera otro más.

Sobre San Clemente, Ireneo nos dice:

vio a los Apóstoles benditos y conversó con ellos y que aún le sonaba en sus oídos la predicación de los Apóstoles, y tenía su tradición ante sus ojos, y no era él solo sino que aún sobrevivían muchos a los que los Apóstoles les habían enseñado (Adversus haereses, III, 3)

De este San Clemente, el tercer sucesor, (empezó en en torno al año 88-92 d.C.) ya tenemos testimonio directo, pues se conservan varios escritos suyos, entre ellos una epístola que escribió a los Corintios. En dicha epístola, del año 95-98 o quizá antes, (recordemos que aún estamos en el siglo I) Clemente se dirige a los corintios para mediar en un conflicto que se había formado en la iglesia de dicha ciudad. Parte de la congregación se había sublevado contra sus dirigentes (presbíteros), les habían depuesto de sus cargos y puesto a otros en su lugar. Clemente les hace una llamada a la reconciliación para dirimir sus diferencias y dejar de ser un escándalo para los paganos, y les exige restituir a los cargos originales con el argumento de que esos cargos habían sido nombrados por los apóstoles y por tanto no pueden ser revocados. En esta epístola, pues, vemos claro que ya a finales del siglo I tenemos una Iglesia jerárquica con unos cargos cuya autoridad proviene de la sucesión apostólica, no de la votación popular y menos aún de la autoproclamación. El mismo Clemente deja claro que fueron los apóstoles los que establecieron la sucesión:

Y nuestros apóstoles sabían por nuestro Señor Jesucristo que habría contiendas sobre el nombramiento del cargo de obispo. Por cuya causa, habiendo recibido conocimiento completo de antemano, designaron a las personas mencionadas, y después proveyeron a continuación que si éstas durmieran, otros hombres aprobados les sucedieran en su servicio. (Epístola a los Corintios, Clemente)

—LA TRAMPA DE SAN IRENEO—

Hemos visto que la primera lista de papas conservada nos viene de la pluma del obispo oriental Ireneo de Lyon (siglo II). Es frecuente leer escritos que utilizan esta lista de Ireneo como la prueba clara de que Pedro no fue ni el primer papa ni el primer obispo de Roma, pues en esa lista no se menciona a Pedro, sino que empieza con Lino. No suelen copiar el texto de Ireneo porque si citan su fuente el argumento no queda tan claro, pero a veces sí nos dan este texto y coincide con el fragmento arriba transcrito. Recordémoslo con este resumen:

Luego de haber fundado y edificado la Iglesia los beatos Apóstoles entregaron el servicio del episcopado a Lino… Anacleto lo sucedió. Después de él, en tercer lugar desde los Apóstoles, Clemente heredó el episcopado (Adversus Haereses 3, 3, 3)

Ya vemos que los apóstoles entregaron el episcopado a Lino, así que Lino parece un sucesor, no el primero de una “estirpe” como ellos insinúan. De todas formas, lo que ninguno de ellos hace es citar el texto precedente. Citaremos ahora el texto de Ireneo pero empezando antes, por las frases de introducción. Esto es lo que dice:

Pero como sería demasiado largo enumerar las sucesiones de todas las Iglesias en este volumen, indicaremos sobre todo las de las más antiguas y de todos conocidas, la de la Iglesia fundada y constituida en Roma por los dos gloriosísimos Apóstoles Pedro y Pablo, la que desde los Apóstoles conserva la Tradición y «la fe anunciada»* (Romanos 1:8) a los hombres por los sucesores de los Apóstoles que llegan hasta nosotros. Así contradecimos a todos aquellos que de un modo o de otro, o por agradarse a sí mismos o por vanagloria o por ceguera o por una falsa opinión, acumulan falsos conocimientos. Es necesario que cualquier Iglesia esté en armonía con esta Iglesia, cuya fundación es la más garantizada -me refiero a todos los fieles de cualquier lugar-, porque en ella todos los que se encuentran en todas partes han conservado la Tradición apostólica. Luego de haber fundado y edificado la Iglesia los beatos Apóstoles entregaron el servicio del episcopado a Lino: a este Lino lo recuerda Pablo en sus cartas a Timoteo (2 Timoteo 4, 21). Anacleto lo sucedió. Después de él, en tercer lugar desde los Apóstoles, Clemente heredó el episcopado, el cual vio a los beatos Apóstoles y con ellos confirió, y tuvo ante los ojos la predicación y Tradición de los Apóstoles que todavía resonaba; y no él solo, porque aún vivían entonces muchos que de los Apóstoles habían recibido la doctrina. En tiempo de este mismo Clemente suscitándose una disensión no pequeña entre los hermanos que estaban en Corinto, la Iglesia de Roma escribió la carta más autorizada a los Corintios, para congregarlos en la paz y reparar su fe, y para anunciarles la Tradición que poco tiempo antes había recibido de los Apóstoles… (Adversus Haereses 3, 3, 3.)

Tras leer este texto vemos claramente cómo el testigo llamado al estrado para condenar al acusado se levanta de su asiento y con dedo firme condena al abogado acusador que lo ha hecho venir al juicio. Lo que está haciendo Ireneo en su texto es afirmar lo contrario de lo que defienden aquellos que lo presentan como prueba ante un público que creen será incapaz de comprobar las evidencias por sí mismos. Según Ireneo, los obispos de Roma son sucesores de Pedro y de Pablo y además, por vía de Pedro, líderes de la Iglesia universal, caudillos de los “fieles de cualquier lugar”. Hubiera sido mejor para ellos olvidarse de Ireneo.

—LA PRIMACÍA DEL OBISPO DE ROMA—

El testimonio más temprano conservado sobre la primacía ostentada por un sucesor de Pedro nos viene a finales del siglo primero de la pluma del papa Clemente quien, como ya hemos comentado, escribió una carta con ocasión de una disputa en la iglesia de Corinto (actual Grecia), donde los cristianos rechazaron y depusieron a sus dirigentes. Clemente interviene y les escribe la siguiente carta, en la que se disculpa por tardar tanto en escribir, pues las persecuciones romanas han dificultado su trabajo. Dicha carta comienza con estas palabras:

De la Iglesia de Dios que habita como forastera en Roma*, a la Iglesia de Dios que habita como forastera en Corinto. A causa de las repentinas y sucesivas calamidades y tribulaciones que nos han sobrevenido, creemos, hermanos, haber vuelto algo tardíamente nuestra atención a los asuntos discutidos entre vosotros. Nos referimos, carísimos, a la sedición, extraña y ajena a los elegidos de Dios, abominable y sacrílega, que unos cuantos sujetos, gentes arrojadas y arrogantes, han encendido hasta punto tal de insensatez, que vuestro nombre, venerable y celebradísimo y digno del amor de todos los hombres, ha venido a ser gravemente ultrajado.

[*La Iglesia se considera forastera en este mundo, pues nuestro verdadero hogar y patria es el cielo]

Y termina diciendo:

Mas si algunos desobedecieren a las amonestaciones que por nuestro medio os ha dirigido El [Dios] mismo, sepan que se harán reos de no pequeño pecado y se exponen a grave peligro. Más nosotros seremos inocentes de este pecado… (Epístola de Clemente a los Corintios, LIX)

Con un texto así es difícil comprender que los estudiosos protestantes no vean en esta carta ninguna prueba de la supremacía papal. Es de señalar que esta carta fue considerada por muchas iglesias primitivas como inspirada por Dios, y como tal forma parte de algunas antiguas versiones de la Biblia, como por ejemplo una de las más antiguas conservadas casi entera, el Codex Sinaíticus procedente del Monasterio del Monte Sinaí en Egipto (parte de la Iglesia de Oriente), donde esta carta forma parte de los libros del Nuevo Testamento.

El propio abispo Ignacio de Antioquía, por la misma época (en torno al año 107), escribe una carta a la iglesia de Roma y empezará con una disculpa por atreverse a darles consejos y dejando claro que no es quien para darles ninguna orden (Carta a los Romanos). Pero en la carta de Clemente (finales del siglo primero) vemos algo bien distinto. Empieza también con disculpas, pero no se excusa por entrometerse donde no le corresponde, sino todo lo contrario, se disculpa por haber tardado en ocuparse del asunto de esa iglesia. No está claro si los corintios pidieron ayuda al papa o el papa se sintió obligado a intervenir al enterarse del conflicto, pero en cualquier caso vemos que ambas partes consideran que es responsabilidad del papa resolverlo. Tampoco está Clemente actuando como Ignacio, dando consejos, sino actuando con total autoridad, y recordándoles al final que si no obedecen sus órdenes cometerán un grave pecado. Es evidente que se dirige a ellos con autoridad, aunque a lo largo de su carta intenta suavizar su mandato y mostrar su amor por ellos, pero, como él mismo dice, está seguro de que su decisión ha sido inspirada por el mismo Dios y por tanto es a Dios a quien deben obedecer al cumplir su mandato (probablemente ni los papas actuales se atreverían a decir tanto en un asunto así).

Si la iglesia de Corinto hubiese estado en desacuerdo con esta postura de primacía que ejerce Clemente, al recibir una carta de autoridad tan contundente su reacción normal habría sido romperla e ignorarla o incluso protestar. Por el contrario, los corintios la guardaron, la copiaron y la distribuyeron por otras iglesias como un tesoro, igual que las cartas de los apóstoles, por eso vemos luego que muchas iglesias la consideraban parte de las Escrituras inspiradas por Dios. De hecho, en el año 170 Dionisio de Corinto nos dice que aún es costumbre en la iglesia de Corinto leer la epístola de Clemente los domingos y en el siglo IV Eusebio de Cesárea atestigua que muchas iglesias también la leen.

Tengo evidencia de que en muchas iglesias esta carta era leída en voz alta en las asambleas de adoradores [lo que hoy llamaríamos “misa”] en los primeros tiempos, del mismo modo que seguimos haciendo en la actualidad.

Es evidente que tanto Clemente I como la iglesia de Corinto, ya en el siglo I creían firmemente que el obispo de Roma, como sucesor de Pedro, era el jefe supremo de toda la Iglesia de Dios, y no solo de los obispos occidentales.  ¿Por qué se iban si no a someter los corintios al obispo de una lejana iglesia cuando ellos mismos habían desobedecido y rechazado a su propia jerarquía local? Más significativo es el hecho de que cuando ocurre la mencionada revuelta en la iglesia de Corinto, aún estaba vivo el apóstol Juan, que se encontraba no muy lejos de allí, presidiendo la iglesia de Éfeso. Nos lo dice Ireneo:

Finalmente la Iglesia de Efeso, que Pablo fundó y en la cual Juan permaneció hasta el tiempo de Trajano, es también testigo de la Tradición apostólica verdadera (Ireneo de Lyon, Adversus Haereses 3, 3, 4)

Trajano reinó entre los años 98 y 117, Clemente empezó su papado en torno al 88-92 y fue martirizado en el 101. Resulta muy interesante que los corintios no acudieran al mucho más próximo apóstol Juan para resolver sus disputas, sino a Clemente. Una vez muerto Pedro, los papas asumían el liderazgo universal del príncipe de los apóstoles, y por tanto era el papa la persona adecuada para ocuparse de esos asuntos. Los hechos parecen indicar que pocos años después de Pedro su liderazgo sigue siendo ejercitado y reconocido en la persona del papa.

Y este es el primer documento que conservamos de un papa, pero tenemos muchos más casos en los primeros siglos en los que el obispo de Roma interviene en los asuntos de las iglesias locales de otros obispados. Ningún otro obispo se atreve a hacer semejante cosa si no es como parte de un concilio. El propio Ignacio de Antioquía, como ya hemos mencionado, escribe también a otras iglesias por la misma época pero dejando bien claro que él no puede hablarles con autoridad porque no es su obispo; así por ejemplo en su carta a los romanos les dice que “no os estoy ordenando yo como hicieron Pedro y Pablo” (año 110) y en su carta a los Efesios les dice “no vengo a daros mandados como si yo fuera alguien”. Sin embargo declara que la iglesia de Roma “preside en amor” sobre las demás. Curiosamente, de todas las cartas que escribe a las diferentes iglesias, en todas hace mucho énfasis en los peligros de la herejía excepto en la de Roma, concordando con los demás Padres de la Iglesia en que la iglesia de Roma era la principal garante de la ortodoxia. Este es el saludo inicial con el que Ignacio comienza su carta a los romanos:

Ignacio, por sobrenombre Portador de Dios (Teoforo) a la Iglesia que alcanzó misericordia en la magnificencia del Padre altísimo y de Jesucristo su único Hijo; la que es amada y está iluminada por la voluntad de Aquel que ha querido todas las cosas que existen, según la fe y la caridad de Jesucristo Dios nuestro; Iglesia, además, que preside en la capital del territorio de los romanos; digna ella de Dios, digna de todo decoro, digna de toda bienaventuranza, digna de alabanza, digna de alcanzar cuanto desee, digna de toda santidad; y presidiendo en el amor, seguidora que es de la ley de Cristo y adornada con el nombre de Dios: mi saludo en el hombre de Jesucristo, Hijo del Padre

No es la iglesia que preside la ciudad de Roma, sino la que preside “en Roma”, o sea, allí está la presidencia de la Iglesia. De nuevo repite la idea de su presidencia cuando dice que es la que “preside en el amor”, o sea, la que gobierna la Iglesia universal con amor. La redacción griega original no da lugar a ambigüedades en cuanto al significado de estas dos referencias a la presidencia de la iglesia romana, y aún hoy los ortodoxos, sin conceder al papa autoridad sobre toda la Iglesia, admiten con San Ignacio que tiene una “presidencia en el amor” y por ello han decidido recientemente que si ambas iglesias se unen, el papa sería, como antaño, el protos de los patriarcas y merecedor de los mayores honores (Documento de Rávena, 2007), aunque aún no hay acuerdo en cómo se ejercería esa primacía.

Ignacio no se dirige a esta iglesia romana para darles consejos, como hace en todas sus otras cartas al resto de iglesias, sino todo lo contrario:

A nadie jamás tuvisteis envidia; a otros habéis enseñado a no tenerla. Ahora, pues, lo que yo quiero es que lo que a otros mandáis cuando los instruís como a discípulos del Señor, sea también firme respecto de mí. Lo único que para mí habéis de pedir es fuerza, tanto interior como exterior, a fin de que no sólo hable, sino que esté también decidido; para que no solo, digo, me llame cristiano, sino que me muestre como tal.

Y a continuación es cuando añade su famosa frase de:

No os doy yo mandatos como Pedro y Pablo. Ellos fueron Apóstoles; yo no soy más que un condenado a muerte; ellos fueron libres; yo, hasta el presente, soy un esclavo

San Ignacio de Antioquía escribe todas sus cartas durante su último viaje, de camino al martirio, cuando le llevan las autoridades prisionero para ser arrojado a las fieras. Por tanto, su ciudad se queda por lo pronto sin obispo. Mark Bonocore en su debate con Jason Engwer a este respecto comenta: “Lo más significativo es que mientras Ignacio solicita a todas las Iglesias a las que escribe orar por su iglesia de Siria (Antioquia), él nunca encarga esta al cuidado de otra iglesia, sino solamente a Roma. También la frase que usa es bastante interesante, y se hace eco de la terminología que él invoca en su introducción, donde dice cómo “Roma preside en la caridad (= amor)”. Ahora, en su cierre, San Ignacio dice de Antioquia:

Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de Siria, que tiene ahora, en lugar de mi, por pastor a Dios. Solo Jesucristo y vuestra caridad harán con ella oficio [funciones] de obispo.

Por tanto, mientras a todas las otras iglesias pide orar por la de Antioquía, a la de Roma señala que ella es la que ahora tendrá que hacer allí las funciones de obispo –hasta que se nombre un nuevo obispo allí. Es evidente que, faltando el obispo de la ciudad, debe ser su superior quien tome directamente el gobierno en el ínterin.

70 años más tarde, a finales del s. II, otro obispo, Ireneo de Lyon, nos deja de nuevo bien claro que la iglesia de Roma, a través de su obispo, tiene preeminencia sobre todas las demás, y como por esa época ya han aparecido herejías y por tanto algunos lo niegan, hace especial hincapié en dejar bien claro que quien se separa de Roma no puede considerarse miembro de la verdadera Iglesia fundada por Jesús. Recordemos de nuevo el final de la cita vista anteriormente:

Es necesario que cualquier Iglesia esté en armonía con esta Iglesia, cuya fundación es la más garantizada –me refiero a todos los fieles de cualquier lugar-, porque en ella todos los que se encuentran en todas partes han conservado la Tradición apostólica. (San Ireneo de Lyon, “Contra los Herejes”, libro III, La tradición apostólica)

Todavía en el siglo II tenemos otro testimonio especialmente interesante, el del apologeta cristiano Tertuliano, que no es considerado Padre de la Iglesia porque acabó cayendo en la herejía del montanismo y modificó muchas de sus creencias. Pero veamos lo que opina del obispo de Roma cuando aún permanecía fiel a la ortodoxia. En su libro “Prescripciones contra todas las herejías” vemos los siguientes textos:

Pero si te encuentras cerca de Italia, tienes Roma, de donde también para nosotros está pronta la autoridad [de los apóstoles]. Qué feliz es esta Iglesia a la que los Apóstoles dieron, con su sangre, toda la doctrina, donde Pedro es igualado a la pasión del Señor [crucifixión], donde Pablo es coronado con la muerte de Juan [Bautista, decapitado], donde el apóstol Juan, después que, echado en aceite rusiente, no sufrió ningún daño, es relegado a una isla*. (capítulo XXXVI)

[*Tertuliano parece indicar aquí que el apóstol Juan fue llevado a Roma para ser juzgado o allí arrestado, y desde allí enviado a su destierro a una isla. Esto concuerda con los testimonios que afirman que Juan apóstol es el mismo Juan que se confiesa autor del Apocalipsis, en donde dice escribir desterrado desde la isla de Patmos]

Sigue el libro y vemos a Tertuliano afirmar que Pedro es la piedra sobre la que Jesús edificó su Iglesia (contradiciendo la moderna teoría de muchos protestantes):

¿Quién, pues, de mente sana puede creer que ignoraron algo aquellos que el Señor dio como maestros, manteniéndolos inseparables en su comitiva, en su discipulado, en su convivencia, a quienes exponía aparte todas las cosas oscuras, diciéndoles que a ellos era dado conocer aquellos misterios que al pueblo no era permitido entender? ¿Se le ocultó algo a Pedro, que fue llamado piedra de la Iglesia que iba a ser edificada, que obtuvo las llaves del reino de los cielos y la potestad de desatar y atar en los cielos y en la tierra? (capítulo XXII)

Aquí vemos de dónde le viene a Roma esa autoridad de la que antes nos hablaba. En este capítulo 22 de su libro nos dice que Jesús ha dado a Pedro la autoridad sobre la Iglesia que sobre él fundará. Más tarde, en el capítulo 32 dirá que los obispos de Roma son sucesores de Pedro, y luego, en el 36, vimos cómo hablaba de la autoridad de Roma. Está claro de dónde viene esa autoridad romana.

Pero una vez que Tertuliano apostató y se hizo discípulo del hereje Montano, se vio incapaz de mantener su idea anterior, pues o Roma tenía razón, o la tenía Montano, y por tanto no tenía más remedio que defender lo contrario que antes. Los seguidores de Montano eran muy rigoristas y decían que los pecados de adulterio y fornicación no podían ser perdonados por nadie. Al parecer tuvo un choque con un obispo que afirmaba que él y todos los obispos en comunión con Roma podían perdonar ese pecado y cualquier otro, pues Pedro había recibido las llaves del Reino para atar y desatar, y esas llaves habían pasado a sus sucesores en Roma y también a los obispos en comunión con él. Tertuliano le escribe una respuesta negando su capacidad de perdonar esos pecados, y para ello tiene que defender la misma postura que tienen ahora muchos protestantes: que la facultad de atar y desatar fue entregada a Pedro pero no heredada por sus sucesores, y mucho menos por los demás obispos en comunión con ellos. Esta postura es justo la contraria a la que había antes sostenido en su libro “De Paenitentia” (Sobre la penitencia) cuando aún no había caído en la herejía. Y así, ya hereje, escribe lo siguiente:

Si porque el Señor dijo a Pedro: “Edificaré mi Iglesia sobre esta piedra; te he dado las llaves del reino de los cielos”, o bien: “Todo lo que atares o desatares en la tierra, será atado o desatado en el cielo” presumes que el poder de atar y de desatar ha llegado hasta ti, es decir, a toda la Iglesia que esté en comunión con Pedro, ¿Qué clase de hombre eres? Te atreves a pervertir y cambiar totalmente la intención manifiesta del Señor, que no confirió este privilegio más que a la persona de Pedro. “Sobre ti edificaré mi Iglesia”, le dijo El, “A ti te daré las llaves”, no a la Iglesia. “Todo lo que atares o desatares”, etc. Y no todo lo que ataren o desataren… Por consiguiente, el poder de atar o desatar, concedido a Pedro, no tiene nada que ver con la remisión de los pecados capitales cometidos por los fieles… Este poder, en efecto, de acuerdo con la persona de Pedro, no debía pertenecer más que a los hombres espirituales, bien sea apóstol, bien sea profeta. (De puditicia, XXI)

En más de una ocasión se puede encontrar este fragmento citado como prueba de que ya en el siglo II se negaba claramente que el poder de Pedro se pudiera heredar, aunque para ello tienen que silenciar los anteriores escritos citados. Al contrario, en Tertuliano vemos lo que cualquier católico esperaría encontrar, que cuando es un cristiano dentro de la ortodoxia defiende la creencia de que los papas son herederos del primado de Pedro, y es cuando se vuelve hereje cuando defiende la postura contraria. Ningún protestantes actual se atrevería a defender la fase hereje de Tertuliano pues el Montanismo no está en absoluto en sintonía con el protestantismo, así que en su segunda etapa Tertuliano es tan hereje para los católicos como para los protestantes. Pero aún así nos resulta muy revelador porque su respuesta indica que un obispo contemporáneo suyo está utilizando, como nosotros ahora, el pasaje de Mateo 16, 18-19, para afirmar que las iglesias en comunión con Roma tenían, igual que Pedro, autoridad para perdonar todos los pecados, incluso los graves. El monje Tertuliano, tanto en su ortodoxia como luego en su herejía, nos está confirmando que también en el siglo II se aceptaba la autoridad y primacía de Roma y se justificaba por ser el obispo de Roma heredero de la primacía de Pedro.

A lo largo del siglo III ciertas sedes episcopales claves van adquiriendo preeminencia sobre otros obispados de su zona y se irán configurando los cuatro patriarcados: Roma, Jerusalén, Antioquía y Alejandría. Roma será cabeza del patriarcado de Occidente, pero al mismo tiempo sigue teniendo preeminencia sobre los demás obispos y patriarcas.

En el siglo IV, con Constantino, se inicia un largo camino que terminará poniendo en cuestión este liderazgo inicial y culminará con el Cisma Oriental. Constantino trasladó el peso político del Imperio Romano a Bizancio, donde fundó su nueva capital, Constantinopolis. Sin embargo, el Patriarcado de Roma mantuvo su primacía sobre los demás patriarcas, pues Constantinopla no tuvo su propio Patriarcado hasta el siglo siguiente, y aún así no llegó a tener el mismo peso de Roma. Está claro que la Iglesia primitiva veía al Patriarca de Roma (lo que luego se llamaría “el papa”) como el principal entre los patriarcas y en diversos documentos de oriente y occidente se le reconoce como “sucesor de Pedro”.

En ese mismo siglo vemos, por ejemplo, el testimonio de San Atanasio, obispo de Alejandría desde el año 328. En uno de sus escritos intenta defenderse de las acusaciones de sus enemigos arrianos y para ello cita parte de una carta que el papa Julio envió a los obispos egipcios en defensa de Atanasio y recriminándoles su falta de respeto a los acuerdos del Concilio de Nicea y a la misma sede de Roma. Los términos de la misiva papal en lo referente a la primacía romana no pueden ser más claros:

¿No sabéis que la costumbre ha sido que se nos escriba primeramente a nosotros y que la decisión justa salga luego de este lugar? Si recaía alguna sospecha de este género sobre el obispo de esta ciudad [Alejandría], se debía haber notificado a la Iglesia de aquí [Roma]. Ahora bien, no obstante no haber cumplido con nosotros y después de haber actuado por propia autoridad, como les place, quieren ahora obtener nuestro apoyo en sus decisiones, a pesar de que nosotros nunca le hayamos condenado [a Atanasio]. No es esto lo que ordenan las constituciones de Pablo ni las tradiciones de los Padres; ésta es una nueva forma de proceder, una práctica nueva. Os pido que seáis indulgentes conmigo: lo que os escribo es para el bien de todos. Porque os comunico lo que hemos recibido del bienaventurado apóstol Pedro. (Apología contra los arrianos, capítulo 35)

—LA TRAMPA DE SAN AGUSTÍN—

Y a caballo entre el siglo IV y el V tenemos al obispo San Agustín de Hipona. Aunque ya es tardío comparado con los testimonios citados anteriormente, el testimonio de San Agustín es importante porque frecuentemente es usado por los protestantes como prueba de que defendía su misma interpretación de Mateo 16 (o más bien ellos usan la misma que San Agustín), según la cual la roca sobre la que Jesús fundó su Iglesia no fue Pedro sino su testimonio de fe. Esta interpretación ya la hemos desmontado en nuestro artículo anterior (ver El primado de Pedro) pero vamos a demostrar también que San Agustín, a pesar de su peculiar explicación sobre la roca, en realidad defiende igualmente la idea católica de que San Pedro recibió el primado y que este primado fue heredado por los papas.

San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: ‘Ahora te digo yo: Tú eres Pedro’. Él había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Y Cristo le replicó: ‘Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas. Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro. ‘ ‘Pedro’ es una palabra que se deriva de ‘piedra’, y no al revés. ‘Pedro’ viene de ‘piedra’, del mismo modo que ‘cristiano’ viene de ‘Cristo’. El Señor Jesús, antes de su Pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad (catolicidad) y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos. En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles. No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor. A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro (Sermones de San Agustín, 295)

Así vemos que aunque San Agustín cometer un error al interpretar cuál es la piedra de fundación, sin embargo acepta que Pedro es el cabeza de la Iglesia. Pero si alguien quiere citar a San Agustín para atacar al papado tendrá que silenciar también muchos otros textos agustinos donde vemos cómo expresa con claridad su reconocimiento de la autoridad del papa. Por ejemplo, en este texto vemos cómo considera a los papas sucesores directos de Pedro:

Si la sucesión de obispos es tomada en cuenta, cuanto más cierta y beneficiosa la Iglesia que nosotros reconocemos llega hasta Pedro mismo, aquel quien portó la figura de la Iglesia entera, el Señor le dijo: “Sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella!”. El sucesor de Pedro fue Linus, y sus sucesores en orden de sucesión ininterrumpida fueron estos: Clemente*, Anacleto, Evaristo, Alejandro, Sixto […] y Siricius, cuyo sucesor es el presente obispo Anastasio. En esta orden de sucesión, ningún obispo donatista es encontrado (Contra Epistolae Mani, 4,5)

[*su error de poner a Clemente segundo y no tercero se debe probablemente a la confusión en algunas listas entre Anacleto y Cleto, que en realidad eran el mismo nombre pero algunos creyeron ser dos distintos y no tenían claro si iba antes o después de Clemente]

San Agustín ve en la Iglesia de Roma aquella “in qua semper apostolicae cathedrae viguit principatus”, “aquella en la que siempre ha estado vigente el principado de la cátedra apostólica” (Epistolas 43,7), afirmación que es un reconocimiento claro del primado de la Iglesia de Roma. Cuando San Agustín dice que las llaves las recibió no solo Pedro, sino toda la Iglesia, está defendiendo el primado no solo de él, sino de sus sucesores: “Sicut enim quaedam dicuntur quae ad apostolum Petrum propriae pertinere videantur, nec tamen habent illustrem intellectum, nisi cum referuntur ad Ecclesiam, cuius ille agnoscitur in figura gestasse personam, propter primatum quem in discipulis habuit”, “Algunas cosas, se dice, parecen pertenecer propiamente al apóstol Pedro, sin embargo quienes así piensan no tienen un entendimiento iluminado, pues se las ha de referir a la Iglesia de la que se confiesa, representó la figura en su persona a causa del primado que tuvo entre los discípulos”. Es por esto que considera adecuado presentar sus obras al papa para su aprobación o incluso, si lo considerara conveniente, para su censura, como garantía de que así quedarían limpias de toda posible herejía:

Estas cosas que. . . respondo, he decidido dirigir de modo especial a tu santidad no para instruir sino para que sean examinadas, y donde tal vez haya algo que displiciera, sea enmendado” (Contra duas epistolae Peliagae)

Así pues, el estudio en profundidad de la obra de San Agustín, lejos de probar las tesis protestantes, como ellos afirman, no hace sino rebatirlas y proclamar la primacía del papa sobre todos los obispos. No parece descabellado pensar también en los protestantes cuando leemos estas palabras de San Agustín dedicadas a los maniqueos:

Aún prescindiendo de la sincera y genuina sabiduría…, que en vuestra opinión no se halla en la Iglesia Católica, muchas otras razones me mantienen en su seno: el consentimiento de los pueblos y de las gentes; la autoridad, erigida con milagros, nutrida con la esperanza, aumentada con la caridad, confirmada por la antigüedad; la sucesión de los obispos desde la sede misma del apóstol Pedro, a quien el Señor encomendó, después de la resurrección, apacentar sus ovejas, hasta el episcopado de hoy; y en fin, el apelativo mismo de Católica (universal), que sólo la Iglesia ha alcanzado . . . Estos vínculos del nombre cristiano – tantos, tan grandes y dulcísimos- mantienen al creyente en el seno de la Iglesia católica, a pesar de que la verdad, a causa de la torpeza de nuestra mente e indignidad de nuestra vida, aún no se exhibe (San Agustín, Contra epistolae Mani 4, 5)

Entonces, si Jesús creó una sola Iglesia y esa Iglesia es santa, católica y apostólica, ¿cómo hemos llegado a separar el rebaño en tantas iglesias diferentes? La ruptura del rebaño es obra de quien es experto en crear divisiones y enfrentamientos para nuestra propia perdición. Es paradójico y bochornoso que en nombre del amor a Cristo Jesús nos hayamos enfrentado y atacado, y aún hoy en día hay algunos grupos que persisten en esa dinámica. Veamos muy brevemente cómo ocurrió.

Para saber y profundizar más sobre la opinión de San Agustín en este aspecto puede consultar nuestro Apéndice B.

—EL CISMA DE ORIENTE—

En el año 330, cinco años después de Nicea, el emperador funda su nueva capital, Constantinopla, sobre la pequeña y antigua ciudad de Bizancio. El obispo subsidiario que había en esa ciudad, sucesor de San Andrés, automáticamente es elevado por decisión imperial al cargo de arzobispo, dentro del patriarcado de Antioquía. En el primer Concilio de Constantinopla, en el 381, el emperador presiona para incluir un canon (norma eclesiástica de funcionamiento) en el que se declara:

El Obispo de Constantinopla gozará de primacía y honor solo por detrás del Obispo de Roma, pues es la Nueva Roma (Primer Concilio de Constantinopla, canon III)

Sin embargo, a pesar de las presiones imperiales, el canon no es subscrito por ninguno de los cuatro patriarcas existentes, que rechazan modificar la estructura tradicional de la Iglesia por decisión imperial. Si el papa de Roma no hubiera gozado tradicionalmente de una primacía asumida por los demás patriarcas, habría dado la bienvenida a esta disposición, pues claramente establecía al obispo de Roma como el principal de todos los obispos, por encima incluso de este nuevo patriarcado que con el tiempo se convertiría en su único “competidor” desde oriente. Pero la reacción de Roma no fue esa, sino que al igual que los demás patriarcas, se opuso al canon y no lo firmó. Es evidente que no necesitaba ningún apoyo imperial para defender su autoridad. Más aún, durante décadas Roma se opuso repetidamente a la decisión imperial, rechazando el nuevo patriarcado, hasta que con el tiempo los hechos consumados y la influencia de la nueva capital terminaron por imponerse. En el año 451, en el Concilio de Calcedonia, se establece el arzobispado de Constantinopla como patriarcado con jurisdicción sobre Asia Menor y Tracia y los pueblos bárbaros orientales, estableciéndose así la Pentarquía, con cinco patriarcados: Jerusalén, Roma, Antioquía, Alejandría y la recién llegada Constantinopla (canon XXVIII). Se la iguala en honores con Roma, por encima de los otros tres patriarcados, pero se mantiene la primacía superior de Roma. Cuando Roma y todo Occidente se vayan sumiendo en la barbarie de las invasiones germánicas, Bizancio aumentará su brillo. Constantinopla estará en el centro del mundo “civilizado” y Roma justo en su periferia. Esto hará que el patriarca de Constantinopla vaya ganando peso y consideración en el Imperio Bizantino y cada vez se sienta más molesta su subordinación a Roma.

Sería, pues, ya más tarde, por cuestiones políticas, cuando Constantinopla empiece a desafiar el poder de Roma hasta terminar con la ruptura de la que surgiría la Iglesia Ortodoxa. Los motivos políticos del cisma ortodoxo se hacen más evidentes cuando la situación cambia. Ante la amenaza de la invasión otomana, la Iglesia Ortodoxa decide que sus desavenencias doctrinales con Roma carecen de importancia y no son suficiente motivo para justificar una ruptura de la Iglesia. De este modo aceptan de nuevo la autoridad de Roma con la esperanza de conseguir el apoyo de Occidente en su lucha contra los turcos. Como desafortunadamente no recibieron el apoyo esperado, pronto volvieron a romper con Roma y a reivindicar sus pequeñas diferencias doctrinales como demasiado importantes como para permanecer unidos. En la actualidad, el nuevo movimiento ecuménico que está acercando a ambas iglesias hermanas vuelve a reflexionar sobre la primacía de Roma por imperativo histórico.

Resulta pues muy significativo que tras el cisma los ortodoxos aceptaran de nuevo, aunque fuera brevemente, la preeminencia de Roma. Es una prueba más de que toda las iglesias de Oriente y Occidente aceptaron siempre esa preeminencia del obispo de Roma, por eso cuando deciden volver a la Iglesia católica saben que esa re-unión implica necesariamente aceptar la autoridad papal. El papel del papa sólo lo discuten cuando están fuera de la Iglesia. Y a pesar de todo siempre han considerado al papa como “primus inter pares” (el principal entre iguales) y poseedor de una “primacía de honra” (ya comentamos que en el 2007 el “Documento de Rávena” reconoce al papa como “protos”, el primero entre los patriarcas de todo el mundo).

Más tarde, ya bajo el poder turco, será el propio gobierno otomano el que se esfuerce mucho en impedir cualquier relación o reconciliación entre ambas iglesias por temor a que una Iglesia unificada implicara a los países cristianos occidentales en la defensa de sus hermanos cristianos. La conquista turca de Constantinopla, en el 1453 puso fin al patriarcado constantinopolitano, pero al año siguiente Mehmed II lo reinstaura reclamando que su nuevo imperio es heredero de Bizancio. Como nuevo patriarca coloca a Genadio II, una de cuyas principales virtudes, a ojos del Gran Turco, era la de oponerse radicalmente a la unión con la Iglesia Occidental. Y desde entonces, el poder turco se aseguró de que Constantinopla fuera hostil a Roma, y el patriarca ortodoxo tuvo que sobrevivir bajo el control del estado musulmán. Incluso hoy en día, con la democrática y laica Turquía, el gobierno ejerce control sobre el patriarca y exige que sea de nacionalidad turca, lo que limita enormemente la elección de un candidato adecuado teniendo en cuenta el escaso número de cristianos que quedan en ese país. Esto ha hecho que se refuercen las iglesias ortodoxas autocéfalas (nacionales) en detrimento de la primacía de Constantinopla.

Es de señalar, no obstante, que la separación de la Iglesia Oriental y la Occidental no supuso en lo esencial ninguna separación de doctrina y aun hoy, mil años después, apenas podemos acumular un puñado de divergencias. Por esto ambas iglesias pueden considerarse justamente herederas de la verdadera Iglesia de Jesús, los sacramentos ortodoxos son reconocidos como válidos por la Iglesia Católica, que también reconoce su sucesión apostólica. Lo que le falta a los ortodoxos, desde el punto de vista católico, es la comunión con Roma para ser todos un solo rebaño y vivir la plenitud de la gracia.

—EL CISMA DE OCCIDENTE—

Y en el siglo XVI, seis siglos más tarde del cisma oriental, viene la siguiente ruptura, en 1517. Esta vez no está motivada por motivos políticos sino religiosos, aunque inmediatamente la política se involucrará en el conflicto religioso y las diferencias doctrinales se convertirán en excusa para que ciertos territorios y países luchen por desprenderse del poder de Roma y del Sacro Imperio, degenerando la situación en sangrientas guerras donde no faltaban reyes y países que según sus intereses apoyaban a un bando y luego al contrario.

La situación de la Iglesia católica había degenerado, se producían continuos abusos y excesos y cada vez era más evidente que había que dar un gran cambio. La doctrina no cambió ni se corrompió, pero a menudo era utilizada como arma de explotación y poder. La corrupción y la relajación de costumbres entre el clero estaba por todas partes, y el mismo papado se había convertido en el objeto por el que competían las familias más poderosas de Roma. El espectáculo, en general, era lamentable. Se necesitaba una reforma.

También en el s. XIII se había producido una época de degeneración en la Iglesia. Entonces la figura que se alzó para denunciar los excesos fue la de San Francisco de Asís, que con su vida y con la orden religiosa que creó logró reformar la Iglesia desde dentro.

Pero esta vez, en el s. XVI, la situación fue bien distinta. La figura que se alzó fue la de Lutero, y en lugar de buscar la reforma lo que hizo fue provocar la ruptura. Puede que no fuese esa su intención inicial, pero en cuanto alzó la voz para protestar contra el papa rápidamente se le sumaron príncipes germanos deseosos de lograr mayor poder e independencia, y antes de que supiera qué estaba pasando, Lutero se vio liderando un bloque que rechazaba la autoridad de Roma. A partir de ahí ya se vio libre para modificar toda la doctrina según le pareció conveniente y es entonces cuando surge una nueva rama del cristianismo: el protestantismo. El protestantismo no es, como muchos de ellos defienden, la doctrina original que logró sobrevivir durante siglos al margen de la doctrina romana oficial, el protestantismo surge a partir de las doctrinas que el propio Lutero (y luego Calvino y otros) va perfilando a lo largo de su vida basándose en sus propias conclusiones, en sus conocimientos y en su situación. Ni él mismo afirma haber recibido una revelación divina al estilo del fundador de los mormones, simplemente él cree que las cosas no son como durante siglos ha dicho la Iglesia de Roma, sino como él las ve.

Afortunadamente, la ruptura protestante provocó el enorme terremoto interno que la Iglesia Católica necesitaba y comenzó una profunda reforma interna que logró enderezar la situación y acabar con la mayoría de los excesos. Es paradójico que haya pasado a la historia general los conceptos vistos desde el punto de vista protestante de “Reforma” (la protestante) y “Contrarreforma” (la católica). Si nos atenemos a los hechos habría que calificarlos de “Ruptura protestante” y “Reforma católica”, porque los protestantes no reformaron la Iglesia sino que rompieron con la que había para crear una nueva (que a su vez siguió la mala costumbre de seguir rompiéndose indefinidamente hasta el día de hoy), y los católicos no hicieron una reforma en contra de los protestantes, sino para arreglar su propia situación interior. Es de señalar que los católicos no cambian la doctrina, que siempre ha sido la misma, sino que cambian su manera de aplicarla, su manera de verla, y sobre todo, cambian su manera de funcionar, que es en lo que realmente habían degenerado. Por tanto, los acontecimientos del s. XVI supusieron un profundo saneamiento y purificación de la Iglesia de Jesús, aunque el precio que hubo que pagar fue verdaderamente muy alto: la división doctrinal.

Pasados los siglos, y en buena parte gracias a los nuevos aires ecuménicos promovidos por Vaticano II, la brecha entre las iglesias católica, ortodoxa, anglicana e incluso luterana y algunas más, se va estrechando día a día. Por desgracia, en estos momentos la brecha con algunas de las iglesias protestantes y muy especialmente con las iglesias evangélicas parece tan grande como siempre, si no más. Es de señalar que las iglesias separadas más ferozmente anticatólicas son aquellas que han surgido o se han refundado en Estados Unidos en torno al siglo XIX. Veamos cuál fue su génesis.

Despertares (“Awakenings” o “Christian Revivals”)

Entre el 1750 y el 1850 aproximadamente, se dieron en Estados Unidos dos oleadas de movimientos de renovación espiritual, llamados “awakenings” (despertares). Estos movimientos dieron un impulso renovado a la fe de los protestantes, que se hizo más viva y más comprometida, pero también más individualista aún y con una enorme libertad para interpretar doctrinas. Esta libertad e individualismo propició la aparición de personas de profunda religiosidad que, según su circunstancia y conocimiento, estudiaron la Biblia con detenimiento (invocando la ayuda del Espíritu Santo) y descubrieron doctrinas nuevas que nadie parecía haber reconocido antes. Uno de ellos, Joseph Smith, incluso afirmó haber tenido visiones y revelaciones de Dios a través del ángel Moroni, y recibió un libro sagrado escrito según él por un profeta llamado Mormón en el año 344,  que pasaría a “completar” la Biblia y narra, entre otras cosas, la estancia de Jesús en Estados Unidos. En la primera ola de despertares se reformaron profundamente las diferentes iglesias protestantes, adquiriendo un carácter mucho más americano (de EE.UU.). En la segunda ola se rompió con las iglesias tradicionales y se crearon iglesias nuevas, fundándose las iglesias que llamamos evangélicas* y paraprotestantes**. Sin embargo rechazan enérgicamente que las consideren un producto norteamericano o que las asocien al predominio cultural del imperio a nivel internacional, pues ellas mismas se consideran todas la restauración de la verdadera doctrina de Jesús.

[*Las iglesias evangélicas tienen sus raíces en movimientos europeos y americanos de la primera ola, pero será en EE.UU. y en esta segunda ola cuando adquieran su carácter actual y se constituyan como un nuevo movimiento claramente diferenciado, aun dentro del protestantismo general]
[**Las iglesias paraprotestantes son las de origen protestante que tanto se alejaron de la doctrina tradicional que ya ni siquiera pueden considerarse cristianas, pues no creen en verdades fundamentales como que Dios uno y trino: mormones, testigos de Jehová, adventistas, ejército de salvación, cristadelfianistas…]

Por alguna razón, esa nueva oleada de jóvenes iglesias estadounidenses han formado una parte importante (si bien no fundamental) de su identidad como oposición a la Iglesia Católica y no pocos de sus libros y sermones tienen como finalidad atacar las doctrinas católicas, lo que dificulta grandemente el diálogo con ellas. En muchos casos podemos incluso hablar claramente de anticatolicismo, pero afortunadamente, las antes frecuentes acusaciones, incluso a nivel oficial, de que la Iglesia Católica era la iglesia de Satanás, la Gran Ramera de Babilonia y la encargada de llevar a los cristianos a la perdición, poco a poco van remitiendo y hoy muchos de ellos las consideran de mal gusto o incluso falsas.

Además, esta segunda oleada ha resultado desde el principio muy conflictiva dentro del cristianismo porque han convertido a los demás cristianos en el principal objetivo de su evangelización. Siempre hubo cristianos que predicaban sus creencias entre otras iglesias, pero las iglesias cristianas consideraban que la tarea de evangelización consistía fundamentalmente en llevar a Jesús a quienes no lo conocían. Evangelistas y paraprotestantes dedican sus principales esfuerzos misioneros a captar cristianos que ya conocen a Jesús. Sin duda es tarea mucho más sencilla, pero ello les ha llevado al enfrentamiento con otras iglesias, lo cual se ve agravado por el poco respeto que suelen mostrar ante las otras creencias cristianas. Su proselitismo intracristiano hace que en vez de contribuir a la causa global del cristianismo se conviertan en un elemento de conflicto y división, aunque al mismo tiempo suelen mostrar una profundidad de vivencia admirable (lo cual no tiene nada que ver con estar en la verdad o en el error).

Pero en general, aparte de estas iglesias de origen estadounidense, los vientos del siglo XXI están soplando a favor de un mayor entendimiento e incluso acercamiento entre todos los cristianos, revirtiendo la tendencia de siglos a atacarnos mutuamente como si los otros fueran poco menos que demonios malignos. Ahora nos consideramos hermanos en Cristo y aunque no sabemos muy bien cómo lograrlo, sabemos que deberíamos estar todos unidos y esa es la dirección en la que tendríamos que movernos: más cerca, nunca más lejos. La Iglesia empezó siendo una y ese debe ser también su fin, una sola. A pesar de todos los pesares, tenemos que confiar en Jesús y pensar que si su deseo es que “todos seamos uno”, es nuestra esperanza y obligación esforzarnos en la unión y rezar para que él haga la proeza, pues la voluntad de Dios siempre es la que triunfa.

Para profundizar:

  • APÉNDICE A, Lista de papas
1. Pedro ?-64/67(?) 2. Lino 67-76(?) 3. Anacleto 79-90(?) 4. Clemente 92-101(?) 5. Evaristo 99-107(?) 6. Alejandro I 107-116(?) 7. Sixto I 116-125(?) 8. Telesforo 125-136/138(?) 9. Iginio 136/38-140/42(?) 10. Pió I 140/42-154/55(?) 11. Aniceto 154/55-166(?) 12. Solero 166-174(?) 13. Eleuterio 174-189(?) 14. Víctor I 189-198/99(?) 15. Ceferino 199-217(?) 16. Calixto I 217-222 17. Urbano I 222-230 18. Ponciano I 230-235 19. Antero 235-236 20. Fabián 236-250 21. Cornelio 251-253 22. Lucio I 253-254 23. Esteban I 254-257 24. Sixto II 257-258 25. Dionisio 259/60-267/68(7) 26. Félix I 268/69-273/74(7) 27. Eutiquiano 274/75-282/83(7) 28. Cayo 282/83-295/96(7) 29. Marcelino 295/96-304 30. Marcelo I 307-308(7) 31. Eusebio 308-310(7) 32. Miliciades 310/11-314(7) 33. Silvestre I 314-335 34. Marcos 336 35. Julio I 337-352 36. Liberio 352-366 37. Dámaso I 366-384 38. Siricio 384-399 39. Anastasio I 399-402 40. Inocencio I 402-417 41. Zósimo 417-419 42. Bonifacio I 418-422 43. Celestino I 422-432 44. Sixto III 432-440 45. León I 440-461 46. Hilario 461-468 47. Simplicio 468-483 48. Félix II 483-492 49. Gelasio I 492-496 50. Anastasio II 496-498 51. Símaco 498-514 52. Ormisda 514-523 53. Juan I 523-526 54. Félix III 526-530 55. Bonifacio II 530-532 56. Juan II 533-535 57. Agapito I 535-536 58. Silverio 536-537 59. Virgilio 537-555 60. Pelagio I 556-561 61. Juan III 561-574 62. Benedicto I 575-579 63. Pelagio II 579-590 64. Gregorio I 590-604 65. Sabiniano 604-606 66. Bonifacio III 607 67. Bonifacio IV 608-615 68. Adeodato I 615-618 69. Bonifacio V 619-625 70. Honorio I 625-638 71. Severino 640 72. Juan IV 640-642 73. Teodoro I 642-649 74. Martín I 649-653 75. Eugenio I 654-657 76. Vitaliano 657-672 77. Adeodato II 672-676 78. Dono 676-678 79. Agatón 678-681 80. León II 682-683 81. Benedicto II 684-685 82. Juan V 685-686 83. Conón 686-687 84. Sergio I 687-701 85. Juan VI 701-705 86. Juan VII 705-707 87. Sisinio 708 88. Constantino I 708-715 89. Gregorio II 715-731 90. Gregorio III 731-741 91. Zacarías 741-752 92. Esteban II 752-757 93. Pablo I 757-767 94. Esteban III 768-772 95. Adriano I 772-795 96. León III 795-816 97. Esteban IV 816-817 98. Pascual I 817-824 99. Eugenio II 824-827 100. Valentino 827 101. Gregorio IV 827-844 102. Sergio II 844-847 103. León IV 847-855 104. Benedicto III 855-858 105. Nicolás I 858-867 106. Adriano II 867-872 107. Juan VIII 872-882 108. Marino I 882-884 109. Adriano III 884-885 110. Esteban IV 885-891 111. Formoso 891-896 112. Bonifacio VI 896 113. Esteban VI (VII) 896-897 114. Romano 897 115. Teodoro II 897 116. Juan IX 898-900 117. Benedicto IV 900-903 118. León V 903 119. Sergio III 904-911 120. Anastasio III 911 -913 121. Landón 913-914 122. Juan X 914-928 123. León VI 928 124. Esteban VII (VIII) 928-931 125. Juan XI 931-935/36 126. León VII 936-939 127. Esteban VIII 939-942 128. Marino II (Martín III) 942-946 129. Agapito II 946-955 130. Juan XII 955-963 131. León VIII 963-965 132. Benedicto V 965-966 133. Juan XIII 966-972 134. Benedicto VI 973-974 135. Benedicto VII 974-983 136. Juan XIV 983-984 137. Juan XV 985-996 138. Gregorio V 996-999 139. Silvestre II 999-1003 140. Juan XVII 1003 141. Juan XVIII 1003/4-1009 142. Sergio IV 1009-1012 143. Benedicto VIII 1012-1024 144. Juan XIX 1024-1032 145. Benedicto IX 1032-1045 146. Silvestre III 1045-1046 147. Benedicto IX (2a vez) 1045 148. Gregorio VI 1045-1046 149. Clemente II 1046-1047 150. Benedicto IX (3a vez) 1047-1048 151. Dámaso U 1048 152. León IX 1049-1054 153. Víctor II 1055-1057 154. Esteban IX 1057-1058 155. Nicolás II 1059-1061 156. Alejandro II 1061-1073 157. Gregorio VII 1073-1085 158. Víctor III 1086-1087 159. Urbano II 1088-1099 160. Pascual II 1099-1118 161. Gelasio II 1118-1119 162. Calixto II 1119-1124 163. Honorio II 1124-1130 164. Inocencio II 1130-1143 165. Celestino II 1143-1144 166. Lucio II 1144-1145 167. Eugenio III 1145-1153 168. Anastasio IV 1153-1154 169. Adriano IV 1154-1159 170. Alejandro III 1159-1181 171. Lucio III 1181-1185 172. Urbano III 1185-1187 173. Gregorio VIII 1187 174. Clemente III 1187-1191 175. Celestino III 1191-1198 176. Inocencio III 1198-1216 177. Honorio III 1216-1227 178. Gregorio IX 1227-1241 179. Celestino IV 1241 180. Inocencio IV 1243-1254 181. Alejandro IV 1254-1261 182. Urbano IV 1261-1264 183. Clemente IV 1265-1268 184. Gregorio X 1271-1276 185. Inocencio V 1276 186. Adriano V 1276 187. Juan XXI 1276-1277 188. Nicolás III 1277-1280 189. Martin IV 1281-1285 190. Honorio IV 1285-1287 191. Nicolás IV 1288-1292 192. Celestino V 1294 193. Bonifacio VIII 1294-1303 194. Benedicto XI 1303-1304 195. Clemente V 1305-1314 196. Juan XXII 1316-1334 197. Benedicto XII 1334-1342 198. Clemente VI 1342-1352 199. Inocencio VI 1352-1362 200. Urbano V 1362-1370 201. Gregorio XI 1370-1378 202. Urbano VI 1378-1389 203. Bonifacio IX 1389-1404 204. Inocencio VII 1404-1406 205. Gregorio XII 1406-1415 206. Martín V 1417-1431 207. Eugenio IV 1431-1447 208. Nicolás V 1447-1455 209. Calixto III 1455-1458 210. Pío II 1458-1464 211. Pablo II 1464-1471 212. Sixto IV 1471-1484 213. Inocencio VIII 1484-1492 214. Alejandro VI 1492-1503 215. Pío III 1503 216. Julio II 1503-1513 217. León X 1513-1521 218. Adriano VI 1522-1523 219. Clemente VII 1523-1534 220. Pablo III 1534-1549 221. Julio III 1550-1555 222. Marcelo II 1555 223. Pablo IV 1555-1559 224. Pío IV 1559-1565 225. Pío V 1566-1572 226. Gregorio XIII 1572-1585 227. Sixto V 1585-1590 228. Urbano VII 1590 229. Gregorio XIV 1590-1591 230. Inocencio IX 1591 231. Clemente VIH 1592-1605 232. León XI 1605 233. Pablo V 1605-1621 234. Gregorio XV 1621-1623 235. Urbano VIH 1623-1644 236. Inocencio X 1644-1655 237. Alejandro VII 1655-1667 238. Clemente IX 1667-1669 239. Clemente X 1670-1676 240. Inocencio XI 1676-1689 241. Alejandro VIII 1689-1691 242. Inocencio XII 1691-1700 243. Clemente XI 1700-1721 244. Inocencio XII 1721-1724 245. Benedicto XIII 1724-1730 246. Clemente XII 1730-1740 247. Benedicto XIV 1740-1758 248. Clemente XIII 1758-1769 249. Clemente XIV 1769-1774 250. Pío VI 1775-1799 251. Pió VII 1800-1823 252. León XII 1823-1829 253. Pío VIII 1829-1830 254. Gregorio XVI 1831-1846 255. Pío IX 1846-1878 256. León XIII 1878-1903 257. Pío X 1903-1914 258. Benedicto XV 1914-1922 259. Pío XI 1922-1939 260. Pío XII 1939-1958 261. Juan XXIII 1958-1963 262. Pablo VI 1963-1978 263. Juan Pablo I 1978 264. Juan Pablo II 1978- 2005 265. Benedicto XVI 2005-2013 266.Francisco I 2013-Actualidad.
  • APÉNDICE B: San Agustín y la Roca de Mateo 16,18

Lea lo expuesto en el cuerpo del escrito antes de adentrarse en este apéndice.

Primero: Es cierto que San Agustín sostuvo en diversas ocasiones que la piedra sobre la que se edifica la Iglesia no era Pedro, sino la fe en que Cristo es el hijo de Dios. Aunque es común ver que los padres de la Iglesia veían ambas interpretaciones como complementarias y no excluyentes entre sí, San Agustín tiene algunos textos donde parece verlas como excluyentes y se inclina o bien por una o por la otra. Un análisis más detallado de esos textos revela además que él ha utilizado ambas interpretaciones de manera intercambiable inclusive de manera contemporánea, lo que dificulta la cuestión.

  • Entre algunos textos donde la piedra sobre la que se edifica la Iglesia no es directamente Pedro: Sermón 147,3; 270,6; 295,2; Comentario al salmo 60,3; Tratados sobre el Evangelio de San Lucas 124,5.
  • Algunos donde se apega a la interpretación tradicional católica de que Pedro es la Piedra: Carta 53,2; El bautismo contra los Donatistas VII 43,85; Tratados sobre el Evangelio de San Juan 11,5; Comentarios a los Salmos 103 II s.3.2; 30 II s.2,5; 39,25; 55,15; 63,4.
  • Aclara el asunto el hecho de que en el pensamiento de San Agustín predomina la idea de que Pedro simboliza a la Iglesia y su unidad a causa del primado que tuvo entre los apóstoles. Pueden verse, entre otros, los siguientes textos: Sermones 75,10; 76; 137,3; 149,7; 244,1; 270,2; 295,1.2.4; Comentarios a los salmos 103 III 2; 108,1; Tratados sobre el Evangelio de San Juan 7,14; 50,12; 118,4; 124,5.

Pero lo finalmente relevante es que en su último pronunciamiento a este respecto en sus Retractaciones (I 21,1) el hace mención de estas dos opiniones sin inclinarse por una sobre otra y termina por dejar al lector que elija la que más acertada le parezca.

Aquí dije en algún lugar, «a propósito del apóstol Pedro, que en él como en la piedra está fundada la Iglesia», sentido que muchos cantan con los versos del beatísimo Ambrosio, cuando dice del canto del gallo: «Al cantar el gallo, / él, piedra de la Iglesia, / llora su pecado». Pero recuerdo haber expuesto después muchísimas veces aquello que dijo el Señor: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, de manera que se entendiese sobre ese a quien confesó Pedro cuando dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, como si Pedro, así llamado por esa piedra, representara la persona de la Iglesia, que es edificada sobre esa piedra, y que recibió las llaves del reino de los cielos. Porque no se le dijo: Tú eres la piedra, sino Tú eres Pedro. Puesto que la piedra era Cristo, a quien confesó Simón, así como lo confiesa toda la Iglesia, y fue llamado Pedro. De entre esas dos sentencias, que el lector elija la más probable”.
San Agustín, Retractaciones, I, 21, 1
Obras completas de San Agustín, Tomo XL, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMXCV, p. 723-724

En segundo lugar: Hay que hacer notar que para entender la posición de San Agustín respecto al primado de Pedro no hay que limitarse solo a los textos donde comenta Mateo 16,18, sino a todos en su conjunto donde habla claramente de su principado entre los apóstoles, idea que se repite en El bautismo contra los Donatistas II 1,2, y Contra Juliano I 4,13. Para él, la misma sede de Pedro, Roma, es garantía de la apostolicidad y verdad de la Iglesia de Cristo (Contra la carta fundamental de los Maniqueos 4,5; Carta 53,2; 43,3,7). También reconoce que su autoridad es definitiva (Sermón 131,10). Una obra donde se trata el tema extensamente es Agostino. Trapé, La Sedes Petri in S. Agostino, en Miscellanea A. Piolanti II, Lateranum, Nova Series, an. XXX (Roma 1964).

Por tanto separarse de la Sede de Pedro es para él, separase de la Iglesia, y por eso afirma que los donatistas (cismáticos de la época) no tienen cátedra, por haberse separado de la de Pedro, “in qua una cathedra unitas ab om nibus servaretur”; ni poseen al “Ángel” del bautismo, unido también a otras cátedras auténticas; ni tienen al Espíritu Santo, que es espíritu de caridad; ni la fuente de agua viva, ni el sello de la santificación (Sancti Optati Afri Milevitani episcopi de schísmate donatistarum libri septem. I. III, cc. 6-8. Ed. Hurter : Sanctorum Patrum opuscula selecta, X Oeniponti, 1870). La posición de San Agustín a este respecto no era única sino compartida por la cristiandad, ya que siempre se consideró la ruptura con la iglesia local unida a la de Roma como una ruptura con la Iglesia universal, como lo sancionan los Concilios de Elvira (año 306, can.53), Arles (año 314, can.16), Nicea (año 325, can.5), Antioquía (año 341, can.5-6), Sárdica (año 343, can.13) (Mansi, 2,14; 2,473; 2,669-670; 2,1309-1312; 3,16-17).

En tercer lugar: Debemos de recordar que ningún Padre fundador ni ningún santo es infalible, solo lo es el Magisterio de la Iglesia (Papa y obispos en comunión con él) en sus pronunciamientos oficiales.  Así como  que una cosa es estar de acuerdo en la doctrina (Pedro fue el primer papa y su oficio es heredable) y otra muy dstinta es coincidir en cada detalle (Pedro la piedra).

En resumen: Los católicos no consideramos que los santos son infalibles en todas sus opiniones. Semejante don no lo posee ni siquiera el papa, que sólo es infalible cuando habla junto con la Iglesia en cuestiones doctrinales y expresamente “ex cathedra”, o sea, el papa de Roma o el mismo San Agustín pueden escribir un libro de comentarios bíblicos y cometer un error en la interpretación de una cita. Pero recuerden que aquí lo importante no es tanto la interpretación de la cita en sí como sus consecuencias, o sea, el afirmar o negar que el papa ejerza el primado de la Iglesia por ser sucesor de Pedro. En ese caso San Agustín ya no es en absoluto un aliado de las ideas protestantes sino todo lo contrario, en los primeros siglos de la Iglesia pocos han defendido con tanto empeño y claridad el primado de Roma como el propio San Agustín, precisamente porque en ese siglo IV aparece la herejía donatista que cuestionaba el poder del papa al igual que hacen los protestantes.

El símbolo de las llaves, no es tal el tema, por lo que solo ponemos las palabras de la Enciclopedia Católica: “Los no católicos utilizan algunos pasajes de los Padres como argumento para contradecir lo que la Iglesia dice acerca de Mt 16, 19. En varios lugares afirma san Agustín que Pedro recibió las llaves en representación de la Iglesia. Por ejemplo, en In Joannem”, 1, 12 “Si hoc Petro tantum dictum est, non facit hoc Ecclesia . . .; si hoc ergo in Ecclesia fit, Petrus quando claves accepit, Ecclesiam sanctam significav”. (Si eso solo se hubiera dicho a Pedro, la Iglesia no ejerce ese derecho… si ese poder es ejercido por la Iglesia, entonces Pedro significaba a la santa Iglesia cuando recibió las llaves). Cfr. Tr. 124, 5; Sermo 295. Se arguye que, según Agustín, el poder significado por las llaves no reside primariamente en Pedro sino en la Iglesia; que el don de Cristo a su pueblo fue meramente otorgado a Pedro en cuanto representante de todo el cuerpo de los fieles. El derecho de perdonar pecados, de excluir de la comunión y ejercitar otros actos de autoridad constituye una prerrogativa de toda la comunidad cristiana. Si el ministro realiza esos actos es porque es un delegado de la comunidad. Ese argumento, que fue inicialmente utilizado por los oponentes galicanos (Cfr. Febronio “De statu ecc”, 1, 76), descansa, sin embargo, en un malentendido sobre esos pasajes. Agustín está respondiendo a los
herejes novacianos, los cuales afirman que la autoridad para perdonar los pecados fue una prerrogativa exclusiva de Pedro; que desapareció con él. Consecuentemente, él afirma que Pedro la recibió de tal forma que pudiera permanecer en la Iglesia para siempre y ser utilizada para su beneficio. Es en ese sentido, y únicamente en ese sentido, que Agustín afirma que Pedro representaba a la Iglesia. No existe fundamento alguno para decir que él deseaba afirmar que el verdadero recipiente de la autoridad era la Iglesia. Tal visión de las cosas contraría abiertamente la totalidad de la tradición patrística.”

Por último y para su estudio: Algunas citas de San Agustín cuando comenta Mateo 16,18 o se refiere al Primado de Pedro:

“Eran muchos los apóstoles y sólo a uno se dice: Apacienta mis ovejas. ¡Lejos de nosotros decir que faltan ahora buenos pastores; lejos de nosotros el que falten, lejos de su misericordia el que no nos los produzca y establezca! En efecto, si hay buenas ovejas, hay también buenos pastores, pues de las buenas ovejas salen buenos pastores. Pero todos los buenos pastores están en uno, son una sola cosa. Apacientan ellos, es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no dicen que es su voz propia, sino que gozan de la voz del esposo. Por lo tanto, es él mismo quien apacienta cuando ellos apacientan. Dice: Soy yo quien apaciento; pues en ellos se halla la voz de él, en ellos su caridad. Al mismo Pedro a quien confiaba sus ovejas, como si fuera su «alter ego», quería hacerle una cosa sola consigo, para de este modo confiarle las ovejas. Porque así él sería la cabeza y mantendría la figura del cuerpo, es decir, de la Iglesia” San Agustín, Sermón 46,30 Obras completas de San Agustín, Tomo VII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXI, p. 647

“Si vamos a considerar el orden de los obispos que se van sucediendo, más cierta y consideradamente empezaremos a contar desde Pedro, figura de toda la Iglesia, a quien dijo el Señor: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no la vencerán. A Pedro sucedieron Lino, Clemente, Anacleto, Evaristo, Sixto, Telesforo, Higinio, Aniceto, Pío, Sotero, Alejandro, Víctor, Ceferino, Calixto, Urbano, Pontiano, Antero, Fabián, Cornelio, Lucio, Esteban, Sixto, Dionisio, Félix, Eutiquiano, Cayo, Marcelo, Eusebio, Melquíades, Silvestre, Marco, Julio, Liberio, Dámaso, Siricio, Anastasio” San Agustín, Carta 53, A Generoso, 1,2-2 Obras completas de San Agustín, Tomo VIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXVI, p. 330-331

“Pedro, príncipe de los apóstoles
San Agustín, Carta 75, Jerónimo a Agustín, 3,6
Obras completas de San Agustín, Tomo VIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXVI, p. 455

La misma confesión, hecha mucho más tarde por Pedro, mereció que le llamara bienaventurado y le diera las llaves del reino de los cielos
San Agustín, Sobre diversas cuestiones a Simpliciano, I,2,14
Obras completas de San Agustín, Tomo IX, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLII, p. 101

Pedro apóstol es tipo de la única Iglesia. Este Pedro, primero en el coro de los Apóstoles, siempre pronto en el amor de Cristo, con frecuencia responde él solo en nombre de todos. En fin, cuando el Señor Jesucristo preguntó quién decía la gente que él era, y los discípulos recogieron varias opiniones de los hombres, el Señor volvió a preguntar diciendo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Uno dio la respuesta por muchos, la unidad en la muchedumbre. Entonces le dijo el Señor: Bienaventurado eres, Simón Bar-lona, porque no te lo reveló la carne y la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Luego añadió: Y yo te digo, como si dijera: ya que tú me has dicho: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, también yo te digo: Tú eres Pedro. Porque antes se llamaba Simón; ese nombre, por el que le llamamos Pedro, le fue impuesto por el Señor, y eso para que en figura significase la Iglesia. Si Cristo es la piedra, Pedro es el pueblo cristiano. Piedra es el nombre principal; por eso Pedro viene de piedra, no piedra de Pedro, como Cristo no viene de cristiano, sino que el cristiano es llamado así por razón de Cristo. Por eso dijo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, que tú has confesado, sobre esta piedra, que has conocido, al decir: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia, esto es, sobre mí, el mismo Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Sobre mí te edificaré a ti, no me edificaré a mí sobre ti. No queriendo los hombres edificar sobre hombres, decían: Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, esto es, Pedro. Y otros, que no querían ser edificados sobre Pedro, sino sobre la piedra, decían: Yo soy de Cristo. Cuando el apóstol Pablo vio que él era elegido y Cristo postergado, dijo: ¿Acaso fe ha dividido Cristo? ¿Acaso ha sido Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? Si no lo fuisteis en el nombre de Pablo, tampoco en el de Pedro, sino en el de Cristo; para que Pedro fuese edificado sobre la piedra, no la piedra sobre Pedro. Pedro fue llamado así por la piedra, representando el papel de la Iglesia, manteniendo el primado del apostolado
San Agustín, Sermón,76, Pedro Camina sobre las aguas, 1-3
Obras completas de San Agustín, Tomo X, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p. 392-393

En un solo apóstol, en Pedro, primero y principal en el orden de los Apóstoles y que representaba a la Iglesia, había que significar los dos grupos, esto es, los fuertes y los débiles; porque sin ambos no hay Iglesia”
San Agustín, Sermón,76, Pedro Camina sobre las aguas, 4
Obras completas de San Agustín, Tomo X, Biblioteca de Autores Cristianos, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p. 395

No sin causa hace Pedro las veces de la Iglesia católica entre todos los apóstoles. A esta Iglesia se le dieron las llaves del reino de los cielos cuando se le dieron a Pedro.”
San Agustín, El combate cristiano, c.30
Obras completas de San Agustín, Tomo XII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLIV, p. 521

“Y lo lleva a Jesús. Jesús fija en él su mirada y le dice:, Tú eres Simón, hijo de Juan, y tú te llamarás Cefas, que significa Pedro. No es gran cosa que el Señor diga de quién es hijo éste. ¿Qué es grande para el Señor? Sabía los nombres de todos los santos que predestinó antes de la existencia del mundo, ¿y te causa extrañeza que le diga a un hombre: Tú eres hijo de tal y tú llevarás tal nombre? ¿Es gran cosa cambiarle el nombre y de Simón hacer Pedro? Pedro viene de piedra, y la piedra es la Iglesia. El nombre de Pedro es, pues, figura de la Iglesia. ¿Quién es el que está seguro sino el que construye sobre piedra?”
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 7,14
Obras completas de San Agustín, Tomo XIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLV, p. 235

“Pues, si antes hubiera llevado el nombre de Pedro, no hubiera comprendido vuestra caridad el misterio de la piedra y creyera que por casualidad se llamaba así, no por providencia de Dios. Quiso, pues, que llevara antes un nombre diferente con el fin de que, por la sustitución misma del nombre, resultara más la significación del sacramento.”
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 7,14
Obras completas de San Agustín, Tomo XIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLV, p. 237

“Cuando, pues, hubo dicho a sus discípulos: ¿Queréis tal vez iros también vosotros?, respondió Pedro, la piedra aquella, en nombre de todos: ¡Señor!, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 11,5
Obras completas de San Agustín, Tomo XIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLV, p. 319

Pedro contesta, en nombre de todos, uno por muchos, la unidad por la universalidad.”
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 27,9
Obras completas de San Agustín, Tomo XIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLV, p. 687

“Pues, si en Pedro no estuviese representada la Iglesia, no le hubiera dicho el Señor: A ti te daré las llaves del reino de los cielos, y lo que atares en la tierra será atado en el cielo, y lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo. Si esto fue dicho sólo a Pedro, no puede hacerlo la Iglesia. Pero, si esto se hace en la Iglesia, de modo que lo que en la tierra es atado, sea atado en el cielo, y lo que se desata en la tierra, sea desatado en el cielo; porque, cuando la Iglesia excomulga, en el cielo queda atado el excomulgado, y cuando la Iglesia lo reconcilia, el cielo desata al reconciliado; si, pues, esto se hace en la Iglesia, es porque Pedro, cuando recibió las llaves, representaba a la Iglesia… Si eres bueno, si perteneces al cuerpo significado por Pedro, tienes a Cristo en el tiempo presente y en el futuro”
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 50,12
Obras completas de San Agustín, Tomo XIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXV, p. 205

“Porque ¿quién no sabe que el beatísimo Pedro era el primero de los apóstoles?”
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 56,1
Obras completas de San Agustín, Tomo XIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXV, p. 255-256

“Y así, el primero de ellos, Pedro
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 96,1
Obras completas de San Agustín, Tomo XIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXV, p. 434

“De esta Iglesia, por la primacía de su apostolado, llevaba Pedro la representación en toda su universalidad. En cuanto a sus propiedades personales, por la naturaleza era un hombre, por la gracia un cristiano, por una gracia mayor un apóstol, y el primero de ellos; mas cuando le fue dicho: A ti te daré las llaves del reino de los cielos; lo que atares sobre la tierra será atado en el cielo, y lo que desatares sobre la tierra será desatado en el cielo, representaba a toda la Iglesia, que en esta vida mortal es sacudida por diversas tentaciones, como lluvias, ríos y tempestades, pero no cae, porque está fundamentada sobre una piedra firme, de donde le viene el nombre de Pedro. Pues no se deriva la piedra de Pedro, sino Pedro de la piedra, como Cristo no viene de cristiano, sino cristiano de Cristo. Por eso dice el Señor: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; porque Pedro había dicho: Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo. Sobre esta piedra que él confesó, edificaré mi Iglesia. La piedra era Cristo, y sobre ese fundamento estaba edificado también Pedro. Nadie puede poner otro fundamento distinto del que está puesto, que es Cristo Jesús. Y así la Iglesia, fundamentada en Cristo, recibió de El, en la persona de Pedro, las llaves del reino de los cielos, esto es, el poder de atar y desatar los pecados. Lo que propiamente es la Iglesia en Cristo, eso es figurativamente Pedro en la piedra; y en esta figura, Cristo es la piedra, y Pedro es la Iglesia
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 124,5
Obras completas de San Agustín, Tomo XIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXV, p. 635-636

Pedro, el primero de los apóstoles, recibió las llaves del reino de los cielos para atar y desatar los pecados a todos los justos pertenecientes inseparablemente al cuerpo de Cristo, para sostener el gobernalle de esta vida tempestuosa.”
San Agustín, Sobre el evangelio de San Juan, 124,7
Obras completas de San Agustín, Tomo XIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXV, p. 640

“Ved cómo recompensó la confesión verdadera, piadosa y llena de fe: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. Por el contrario, poco después, cuando comenzó el Señor a hablar de su pasión, Pedro, temiendo que pereciese muriendo, siendo así que hubiésemos perecido nosotros si El no hubiese muerto, dice: No pienses tal cosa, ¡oh Señor!; no acontecerá esto. Pero el Señor contestó al que poco antes había dicho: Bienaventurado eres (Pedro); y: Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; Vete atrás, Satanás; eres mi tropiezo. ¿Luego por qué llama ahora Satanás al que poco antes le llamó bienaventurado y piedra? Porque no sientes mis cosas, sino las del hombre. Poco antes sentía las cosas de Dios (pues se le dijo): Porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos.”
San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 55,15
Obras completas de San Agustín, Tomo XX, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXV, p. 384

“Hablando el Salvador sobre su pasión, por la que fuimos salvados, y, si no la hubiera padecido, no lo hubiéramos sido, Pedro, que poco antes confesó que Cristo era Hijo de Dios, y que en aquella confesión fue llamado Piedra, sobre la que se edificaría la Iglesia, dice al Señor, que habló poco después de esta confesión sobre su pasión: No hay tal cosa, Señor; séate Dios propicio; no sucederá esto. Poco antes le dice el Señor: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos; y ahora incontinenti le dice: Vete detrás de mí, Satanás. ¿Qué significa vete detrás de mí, Satanás? Sígueme.”
San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 55,15
Obras completas de San Agustín, Tomo XX, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXV, p. 807

“Pues así como se dicen muchas cosas que parecen referirse propiamente al apóstol San Pedro, y, sin embargo, no se entenderían perfectísimamente si no se refiriesen a la Iglesia, a la cual se reconoce que representa figuradamente él por la primacía que tuvo sobre los discípulos, conforme se dice: A ti te daré las llaves del reino de los cielos”
San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 108,1
Obras completas de San Agustín, Tomo XXI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXVI, p. 108

el apóstol San Pedro personificó a la Iglesia
San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 108,18
Obras completas de San Agustín, Tomo XXI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXVI, p. 912

“No fue quitada en absoluto la palabra de la verdad de la boca de Pedro, que representaba a la Iglesia; porque si, turbado por el temor, negó de momento, sin embargo, se restableció llorando; y, confesando, fue después coronado.”
San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos, 118, XIII, 3
Obras completas de San Agustín, Tomo XXII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXVII, p. 83-84

“En efecto, a Pedro, único sobre quien organiza la Iglesia [Dicit enim Petro, in quo uno format Ecclesiam], le dice: Pedro, ¿me amas? El respondió: «Señor, te amo.» Apacienta mis ovejas.” San Agustín, Sermón,137,3 Obras completas de San Agustín, Tomo XXIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p.232

En la única persona de Pedro simbolizábase la unidad de todos los pastores; entiéndase de los buenos, que apacientan las ovejas de Cristo, no para sí, sino para Cristo.”
San Agustín, Sermón,147,2
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p.333

En muchos lugares de las Escrituras aparece Pedro simbolizando a la Iglesia, sobre todo donde se dice: Te daré las llaves del reino de los cielos. Todo lo que atares en la tierra, quedará atado también en el cielo, y todo lo que desatares en la tierra quedará desatado también en el cielo. ¿Acaso recibió Pedro estas llaves y no las recibió Pablo? ¿Las recibió Pedro y no las recibió Juan, Santiago y los restantes apóstoles? ¿O no son estas las llaves por las que en la Iglesia se perdonan a diario los pecados? Puesto que Pedro significaba a la Iglesia, lo que se le concedió a él solamente, se le concedió a la Iglesia. Por ende, Pedro significaba a la Iglesia, Iglesia que es el Cuerpo de Cristo”
San Agustín, Sermón,149,7
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p.350-351

“Poco después, el Señor, en aquel mismo lugar, después de esas palabras con las que aprobaba la fe de Pedro y mostraba que esa fe era la roca
San Agustín, Sermón,183,14
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p.824

“Pues ¿qué era Pedro sino una figura de la Iglesia? Así, pues, cuando el Señor interrogaba a Pedro, nos interrogaba a nosotros, interrogaba a la Iglesia. Para que advirtáis que Pedro era figura de la Iglesia, recordad aquel lugar del evangelio: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no la vencerán; te daré las llaves del reino de los cielos. Es un hombre solo quien las recibe. Qué son las llaves del reino de los cielos, lo indicó él mismo: Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo también, y lo que desatéis en la tierra quedará desatado también en el cielo. Si esto se dijo a un único Pedro, sólo Pedro lo realizó; una vez muerto o partido él, ¿quién ata, quién desata? Me atrevo a decir que estas llaves las tenemos también nosotros.”
San Agustín, Sermón,229 N, 2
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p.363

“Recordad que, cuando el mismo Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?, le respondieron con las distintas opiniones: Unos afirman, dijeron, que eres Elias, otros que Juan Bautista, otros que Jeremías o uno de los profetas. Estas eran las palabras de los extraños, no las de los discípulos. He aquí que los discípulos han de responder a la misma pregunta. Ahora, ¿quién decís vosotros que soy yo? Me habéis presentado las opiniones de los otros; quiero escuchar lo que creéis vosotros. Entonces dice Pedro, uno por todos, puesto que es la unidad entre todos: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. No ya uno cualquiera de los profetas, sino el Hijo de Dios vivo, el cumplimiento de los profetas y el creador de los ángeles: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. Pedro escuchó lo que para él fue un honor oír de aquella voz: Dichoso eres, Simón, hijo de Juan, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no la vencerán. Te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que atares en la tierra quedará atado también en el cielo, y todo lo que desatares en la tierra quedará desatado también en el cielo. La fe, no el hombre, mereció escuchar estas palabras.”
San Agustín, Sermón,232,3
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p. 400-401

“Ya Pedro le había dicho: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, y había escuchado de su boca: Dichoso eres, Simón, hijo de Juan, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no la vencerán. Esa fe se esfumó una vez crucificado Cristo. Pedro creyó en él como Hijo de Dios solamente hasta verlo colgado del madero, sujetado con clavos, muerto y sepultado. Entonces perdió la fe que poseía. ¿Dónde está la piedra? ¿Dónde la solidez de la piedra? La piedra era el mismo Cristo, mientras que él era Pedro, nombre derivado de la piedra. Para eso resucitó la piedra: para afianzar a Pedro; pues, de no vivir la piedra, Pedro hubiese perecido.”
San Agustín, Sermón,244,1
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p. 493-494

“[Jesús] les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y Pedro, él solo en nombre de los demás, uno por todos, dijo: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¡Estupenda y verísima respuesta! En atención a la misma mereció escuchar: Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Puesto que tú me dijiste, yo te digo; dijiste antes, escucha ahora; proclamaste tu confesión, recibe la bendición. Así, pues, también yo te digo: «Tú eres Pedro»; dado que yo soy la piedra, tú eres Pedro, pues no proviene «piedra» de Pedro, sino Pedro de «piedra», como «cristiano» de Cristo, y no Cristo de «cristiano». Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; no sobre Pedro, que eres tú, sino sobre la piedra que has confesado. Edificaré mi Iglesia: te edificaré a ti, que al responder así te has convertido en figura de la Iglesia
San Agustín, Sermón,270,2
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIII, p. 751

“Uno es el bienaventurado Pedro, el primero de los apóstoles, amador impetuoso de Cristo, de quien mereció escuchar: Y yo te digo que tú eres Pedro. El le había dicho: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. Cristo le replicó: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré la fe que acabas de confesar. Sobre lo que acabas de decir: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Tú eres, pues, Pedro.» Pedro viene de «piedra», no «piedra» de Pedro. Pedro viene de «piedra», como «cristiano» de Cristo.”
San Agustín, Sermón,295,1
Obras completas de San Agustín, Tomo XXV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIV, p. 257

Estas llaves no las recibió un solo hombre, sino la unidad de la Iglesia. Por este motivo se proclama la excelencia de Pedro, porque era figura de la universalidad y unidad de la misma Iglesia cuando se le dijo: Te daré, lo que en realidad se daba a todos. Para que veáis que es la Iglesia la que recibió las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que en otro lugar dice el Señor a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quien perdonéis los pecados les quedarán perdonados, y a quienes se los retengáis les serán retenidos. Esto se refiere al poder de las llaves, del que se dijo: Lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo, y lo que atéis en la tierra será atado en el cielo. Pero lo de antes se dijo sólo a Pedro. Para ver que Pedro personificaba entonces a toda la Iglesia, escucha lo que se le dice a él, y en él a todos los santos fieles…”
San Agustín, Sermón,295,2
Obras completas de San Agustín, Tomo XXV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIV, p. 258

En Pedro, pues, aparece toda la fortaleza de la Iglesia
San Agustín, Sermón,295,3
Obras completas de San Agustín, Tomo XXV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIV, p. 259

“Con razón, pues, el Señor, después de su resurrección, confió al mismo Pedro el cuidado de apacentar sus ovejas. No fue, ciertamente, el único entre los discípulos que mereció apacentar las ovejas del Señor; pero, cuando Cristo habla a uno solo, está encareciendo la unidad; habló primero a Pedro, por ser el primero de los apóstoles.”
San Agustín, Sermón,295,4
Obras completas de San Agustín, Tomo XXV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIV, p. 260

El bienaventurado Pedro, el primero de los apóstoles, amador de Jesucristo el Señor a la vez que negador”
San Agustín, Sermón,296,1
Obras completas de San Agustín, Tomo XXV, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXIV, p. 266

“No escuchemos a los que niegan que la Iglesia de Dios pueda perdonar todos los pecados. Esos míseros, por no entender en Pedro la piedra y por negarse a creer que han sido dadas a la Iglesia las llaves del reino de los cielos, las han perdido ellos entre sus manos… Si esos cataros quisieran reconocer su nombre, se llamarían mundanos” San Agustín, El combate cristiano, 31,33 Obras completas de San Agustín, Tomo XXVI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXV, p. 545

No escuchemos a los que se apartaron de la unidad y prefirieron llamarse luciferianos antes que católicos… Porque en parte alguna deben reinar las entrañas de misericordia tanto como en la Iglesia católica; como auténtica madre, no debe insultar orgullosamente a los hijos pecadores ni oponer dificultades al perdón de los arrepentidos. No sin motivo hace Pedro las veces de la Iglesia católica entre todos los apóstoles. A esta Iglesia se le dieron las llaves del reino de los cielos cuando se le dieron a Pedro…”
San Agustín, El combate cristiano, 30,32
Obras completas de San Agustín, Tomo XXVI, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXV, p. 546

“Y puesto que la piedra es una interpretación de la Iglesia total, hay que hacerla extensiva también a Pedro, que por este motivo recibió del Señor el apelativo de piedra. El picacho de la roca es la cabeza de la Iglesia.”
San Agustín, Anotaciones al libro de Job, 30,32
Obras completas de San Agustín, Tomo XXIX, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMXCII, p. 546

“Aun dejando de lado, repito, esta sabiduría que vosotros no creéis que se halle en la Iglesia católica, hay muchas otras cosas que me sujetan justamente en su seno. Me sujeta el consenso de los pueblos y las naciones; me sujeta su autoridad incoada con milagros, nutrida con la esperanza, acrecentada con el amor y asentada con la antigüedad. Me sujeta la sucesión de sacerdotes desde la misma cátedra del apóstol Pedro a quien el Señor confió, después de su resurrección, el pastoreo de sus ovejas, hasta el episcopado actual. Me sujeta finalmente el mismo nombre de «católica» que no sin motivo sólo esta Iglesia obtuvo entre tantas herejías.”
San Agustín, Réplica a la carta llamada «del Fundamento», 4
Obras completas de San Agustín, Tomo XXX, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMLXXXVI, p. 389

“¿qué te ha hecho la cátedra de la Iglesia romana, en la cual se sentó Pedro, y en la cual hoy se sienta Anastasio?”
San Agustín, Réplica a las cartas de Petiliano, Libro II, 51,18
Obras completas de San Agustín, Tomo XXXIII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMXC, p. 180

“Cierto que el cisma se opone a la unidad, pero también se opone a la triple comunión plena de fe, de sacramentos y de amor, cuando se mantiene con soberbia y presunción, porque entonces resiste manifiestamente a la doctrina católica con obstinación, y se hace hereje porque hereje es el que, soberbio y obstinado, rechaza la regla de fe propuesta por la Iglesia católica en unión con Pedro
Epist. 43 (año 397): 1; De baptismo (año 400-401): 4.

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Acerca de José Carlos Pando Valdés

Gracias por dedicar parte de su tiempo a la lectura apologética, tan ncesitada dentro de la Iglesia actual. Que Dios lo colme de Bendiciones.

4 Comments

  1. labuenasemilla

    Muy buena respuesta, de todas maneras creo que el hecho de que el pasaje diga prebistero o anciano, no dice nada al respecto del tema, al parecer según el texto todos podías aspirar a ese cargo, por lo cual no había diferencia entre el cargo de prebispero de pedro sobre otros porque dice que cualquiera podía aspirar a tal mérito, no dice que era por sucesión por parte de Pedro.

    • Saludos
      En realidad el que preguntó sobre esto fue Usted. Entienda una cosa, el papado no es un grado de jerarquía en la Iglesia. Solo son tres, de menor a mayor: diaconado, presbiterado y episcopado (obispos). El papa es simplemente el primero entre los obispos, o un obispo cuya jurisdicción es toda la tierra o las demás diócesis, pero esto es una terminología católica que quizás lo enreden más, por ahora solo me interesa que conozca lo siguiente:
      – En el NT se habla de tres niveles jerárquicos, los mencionados.
      – Esa organización se va conformando a medida que la Iglesia avanza.
      – El obispo es a su vez presbítero y diácono, por lo que el papa lo es todo, así Pedro.
      – Que “todos” puedan aspirar a uno de estos niveles no significa por ello que no sea sucesorio. La palabra sucesorio no relaciona aquí sangre ni nada de eso. Para que me entiendas, yo no puedo ser por sucesión parte de la corona española, pues no tengo sangre real (aunque con algunas travesuras sí jajaja, pero eso no viene al caso), pero sí puedo ser por sucesión parte del gobierno local de donde vivo y así suceder a Omar Machín en su puesto de presidente. O sea, los sacerdotes son sucesores de otros pues son nombrados por ellos y por ellos ordenados, traspasando el poder de los apóstoles hacia ellos (ese fuego del que habla San Pablo, entre otras cosas). Así la investidura para que yo sea sucesor de mi presidente local es simplemente unos votos, un buró y dos cuadros, pero para ser sacerdote no es así como Usted ha de entender.
      Entiende además que esto no es así, a la pelada, también hay otros elementos, se los recuerdo:
      – Sobre los niveles jerárquicos,
      – Sobre la sucesión,

      Hermano, creo que está logrando lo que en un momento determinado no le acepté, o sea, crear una nebulosa de preguntas y respuestas en donde todo entra pero nada concluye materialmente a menos que sea muy trivial. Usted sabe que desde hace semanas llevamos un debate sobre la Medicación humana de Jesús y como esto es distinto de la Intercesión de los Santos (clic aquí para ir a este debate), esto se ha visto paralizado por culpa suya, y mientras que yo trato de reducir y circunscribir la conversación a un tema pequeño del cual podamos partir Usted crea una avalancha con otras interrogantes. En fin, esto para mí es insostenible. Así que como ya le dije en aquella ocasión yo no doy vía a eso ya que a Usted quiero ayudarlo verdaderamente, así la cosa es así:
      – Hasta que no terminemos con el tema pendiente no brincamos para otro.
      – Solo puede opinar sin que esto valga en la nueva serie Tradición ¡Sí! Sola Escritura ¡No!
      Espero que me haya entendido POR FAVOR.

      Dios le bendiga

  2. labuenasemilla

    He inciado como siempre muy entuciasmado a leer pero no puedo terminar, porque si tus argumentos para afirmar algo son “fuera de la Biblia” para mi simplemente no tienen ninguna validez, pero pemiteme corregirte en un texto bíblico que mencionaste ya que lo citas y no dice así mi Biblia:
    En 1 Pedro 5:1 no dice que Pedro fue sacerdote como dices y citas diciendo (en su primera carta: “siendo yo presbítero como ellos” (1Pedro 5:1),), en la Biblia Reina valera reconocida en el mundo por su gran veracidad aunque no al 100% pero las más verás conocida dice anciano con ellos.
    1 Perdo 5:1 “Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo,”

    Por lo tanto creo que debemos entender que tu deducción e inclusión de la palabra prebispero que es propia del catolisismo es una inclusión en sus biblias como las restantes de los libros no inspirados.
    Es por eso que es difícil a veces llegar a ponernos de acuerdo.

    • Ves cómo me faltas el respeto y te burlas de mí, eso lo detesto, si es por ignorancia pasa, pero si es tratando de hacer “caballito de palo” te pido que seas muy serio o que “no metas más la pata”,
      DICES:
      -“fuera de la Biblia no tiene validez”, porque eres irracional, pues para lo que te conviene sí, como por ejemplo para argüir que San Agustín patina en su interpretación, u otro, u otro crees con buena exactitud o para decir falsamente que antes del siglo V nadie le dio autoridad al obispo de Roma. Modere sus palabras, mídelas. Lo que demuestran estas citas es como aquella Iglesia primitiva interpretaba los textos en donde tú te enredas tanto por carecer de la cultura, del contexto y de la inspiración; aquella Iglesia que estaba bien próxima a los apóstoles. Por favor no me haga perder el tiempo con este tipo de tonterías, sea serio como le he pedido tantísimas veces. Quizás cuando lea la nueva serie cambie un poquito su opinión.
      -Con lo de Pedro metes la pata, recuerda que muchos leen lo que escribes. Aunque en realidad no es tal el problema.
      – La Biblia Reina Valera es una de las más malas traducciones, muchas cosas cambiadas y arregladas, eso se demuestra fácilmente por el número de retraducciones que ha tenido, la NVI creo qu es mejor.
      – Muchas Biblias católicas traducen aquí anciano.
      – Te copio un fragmento de nuestro artículo “La Jerarquía en la Iglesia primitiva” que se relaciona con esto: En algunas traducciones, sobre todo protestantes, a veces en vez de la palabra “obispo” dice “el que preside”, “el presidente” o cosas por el estilo, pero eso solo es cuestión de gustos a la hora de traducir el griego original ἐπίσκοπος (“episkopos”= vigilante, inspector, supervisor, superintendente) pero que en su nueva dimensión religiosa cristiana pasó tal cual al latín (episcopus), y de ahí a las lenguas modernas, como “obispo” (adjetivo: episcopal). En 1 Timoteo 3:1 “si alguno aspira al cargo de obispo” dicen en original: εἴ τις ἐπισκοπῆς ὀρέγεται (ei tis episkopēs oregetai). Traducir “episkopos” por “presidente” es lo mismo que si traducimos “rey” por “gobernante”, pues ese es el origen etimológico de la palabra, pero no podemos negar que un rey es más que un simple gobernante. Del mismo modo a veces traducen “anciano” en lugar de “presbítero”, por ser el origen etimológico del término, pero en el Nuevo Testamento, en los contextos mencionados, se está usando esa palabra no para describir una edad, sino para describir un cargo. También la palabra “diácono” significa en griego “servidor”, pero los apóstoles lo usan para designar un cargo con unas atribuciones concretas, nada que ver con los servidores normales. El fondo de esta cuestión muy probablemente se reduce a que las palabras “obispo”, “presbítero” y “diácono” suenan demasiado católicas y evidencian una jerarquía que muchas denominaciones cristianas se esfuerzan por negar.
      – Tiene que buscarse un diccionario y buscar lo que significa la palabra que traducen por anciano o presbítero yo le pongo lo que dice uno protestante: G4245 presbuteros (πρεσβύτερος, G4245) , adjetivo, grado comparativo de presbus , anciano. Se usa: (a) de edad, de cuál sea la más anciana de dos personas (Luc_15:25), o entre más (Jua_8:9 , «el más viejo»); o de una persona entrada ya en años, con experiencia (Hec_2:17); en Heb_11:2 , los «ancianos» son los patriarcas de Israel; igualmente en Mat_15:2 ; Mar_7:3, Mar_7:5. Se usa el femenino del adjetivo de las mujeres ancianas en las iglesias (1Ti_5:2), no con respecto a la posición de ellas, sino en cuanto a ser de mayor edad. (b) De rango o posiciones de responsabilidad: (1) entre los gentiles, como en la LXX en Gen_50:7 ; Num_22:7 ; (2) en la nación judía, en primer lugar, aquellos que eran las cabezas o líderes de las tribus y de las familias, como en el caso de los setenta que ayudaban a Moisés (Num_11:16 ; Deu_27:1), y aquellos reunidos por Salomón; en segundo lugar, miembros del sanedrín, que consistían de los principales sacerdotes, ancianos, y escribas, conocedores de la ley judía (p.ej., Mat_16:21 ; Mat_26:47); en tercer lugar, aquellos que dirigían los asuntos públicos en las varias ciudades (Luc_7:3); (3) en las iglesias cristianas, aquellos que, siendo suscitados y calificados para la obra por el Espíritu Santo, eran designados para que asumieran el cuidado espiritual de las iglesias, y para supervisarlas. A estos se aplica el término de obispos, episkopoi, o supervisores (véase Hechos 20, v. 17 con v. 28, y Tit_1:5 y 7), indicando el último término la naturaleza de su actividad, presbuteroi su madurez de experiencia espiritual. La disposición divina que se ve en el NT era que se debía señalar una pluralidad de ellos en cada iglesia (Hec_14:23 ; Hec_20:17; Flp_1:1 ; 1Ti_5:17 ; Tit_1:5). El deber de los ancianos se describe por el verbo episkopeo. Eran designados en base de la evidencia que daban de cumplir las calificaciones que Dios había dispuesto (Tit_1:6-9 ; cf. 1Ti_3:1-7 y 1Pe_5:2); (4) los veinticuatro ancianos entronizados en el cielo alrededor del trono de Dios (Rev_4:4, Rev_4:10; Rev_5:5-14; Rev_7:11, Rev_7:13; Rev_11:16; Rev_14:3; Rev_19:4). La cantidad de veinticuatro es representativa de condiciones terrenales. La palabra «anciano» no se aplica en ningún lugar a ángeles. Véanse MAYOR, VIEJO(MÁS).”

      En resumen: El apóstol, tomando pie de lo que acaba de enseñar en la sección anterior, recuerda a los presbíteros cómo el pensamiento del juicio ha de incitarlos a cumplir con la mayor exactitud sus deberes pastorales. En cuanto al término πρεσβύτεροι podemos observar que no designa la edad en oposición a los jóvenes, sino el oficio, la jerarquía cuando eso estaba por lo menos en etimología naciendo. Por lo que si no es de edad a lo que se refiere es a autoridad y si es a esto úlimo es mejor decir presbítero, pues ese era el grado de jerarquía eclesiástica.

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